Marty Supremo se estrena en Ecuador el 15 de enero, y no llega como una biografía convencional ni como una historia deportiva tradicional.

Lo que propone es un retrato frenético, emotivo y profundamente humano sobre lo que significa soñar cuando nadie más cree, protagonizado por el nominado al Óscar Timothée Chalamet y dirigido por Josh Safdie, uno de los cineastas más singulares del cine estadounidense contemporáneo.

Ambientada en 1952, la película sigue a Marty Mauser, un joven atrapado en una rutina que no eligió: vende zapatos en la tienda de su tío en el Lower East Side de Manhattan, vive bajo la sombra de una madre autoritaria, sostiene una relación complicada con una novia embarazada y sobrevive con los bolsillos vacíos. En ese mundo que parece haber decidido por él quién puede ser y quién no, el tenis de mesa se convierte en su único refugio y, más aún, en su pasaporte hacia una identidad propia.

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El problema es que, en el Estados Unidos de la posguerra, el ping pong es un deporte marginal, casi ridículo, desprovisto de prestigio. Marty no solo lucha contra la falta de oportunidades, sino contra la burla, la indiferencia y un sistema que no concibe que alguien pueda aspirar a la gloria desde un rincón ignorado de la cultura popular. Aun así, su convicción es absoluta. Para él, cada obstáculo no es una señal de retroceso, sino una excusa para avanzar con más fuerza.

Chalamet describe a su personaje como “el soñador por excelencia”: un joven romántico, implacablemente optimista, que puede ser insignificante para su entorno, pero que se percibe a sí mismo como alguien destinado a ser el mejor del mundo en lo que hace. Esa tensión entre cómo lo ve el mundo y cómo se ve él mismo sostiene el corazón emocional de la película. Marty no persigue solo trofeos: persigue validación, pertenencia, un lugar propio en una sociedad que parece haberlo condenado a permanecer invisible.

Safdie, quien coescribió el guion junto a Ronald Bronstein, utiliza este personaje para explorar una idea profundamente estadounidense: la del individuo que avanza solo contra la historia, armado únicamente con su fe personal. La película no romantiza ese camino, sino que lo expone en toda su complejidad. Perseguir un sueño que nadie respeta implica humillaciones, fracasos y una carga emocional que termina fusionándose con la identidad misma del protagonista.

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Timothée Chalamet convierte al ping pong en una épica de ambición en ‘Marty Supremo’. Foto: Cortesía

El tenis de mesa no es solo un deporte en la película: es una subcultura. Safdie se inspiró en los relatos olvidados de los jugadores marginales de Nueva York, aquellos que habitaban salas llenas de humo, residencias universitarias, clubes improvisados y penthouses. De ese mundo nace la energía cruda y caótica que define el tono del filme.

Visualmente y narrativamente, Marty Supremo mantiene el estilo cargado de adrenalina característico del director: un ritmo vertiginoso, una cámara inquieta y una sensación constante de urgencia. La historia viaja desde el Lower East Side hasta escenarios internacionales como Londres, París, Tokio y las Grandes Pirámides, ampliando el conflicto íntimo de Marty hacia una dimensión global, sin perder nunca el pulso emocional de un joven que solo quiere ser visto.

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Chalamet junto a Gwyneth Paltrow en el set. Foto: Cortesía

El reparto del filme incluye a los actores Kevin O’Leary, Gwyneth Paltrow, Abel Ferrara, Fran Drescher, Emory Cohen y Odessa A’zion, además del rapero Tyler the Creator, en su debut cinematográfico.

Para Safdie, la película es, en el fondo, una reflexión sobre la fe: no solo la que Marty tiene en sí mismo, sino la que los demás están dispuestos (o no) a depositar en él. (E)