“Mis ojos se cerraron para siempre hace ya un largo siglo. Mientras floto levemente en el infinito voy a contar lo que me ocurrió el 1 de marzo de 1926. Voy a narrar el drama que viví después del mazazo en el mentón que me lanzó mi amigo y rival Juan Humberto K.O. Pacheco. En una camilla, siento un sopor que bien podría ser placentero, si no fuera porque me atormenta un martilleo intenso en la cabeza. Un barchilón me pone hielo en la nuca. Una enfermera acerca una bolsa de agua caliente a mis pies, que están poniéndose fríos".
“Mucha gente habla alrededor mío en esta pequeña habitación. Un tipo ordenó a gritos ‘¡pásame cuatro inyecciones de aceite alcanforado!, ¡Pónle una ampolla de estricnina!, ¡Muévete, camastrón, que se nos muere!’ ¿Será conmigo? No hay drama. Todo se parece a un sueño liviano, recostado en una hamaca montuvia, como esas en que solía ventearme en mi casa vieja del Astillero”.
“Fue mi Astillero un barrio de bravos. Yo me trompeaba allí desde los ocho años y todos sabían que conmigo había que soldar. Este apellido mío, de extranjero, fue siempre causa de pleitos. ‘Ferreccio, qué vas a ser Ferreccio si eres cholo’, dijo Patita y desde esa vez no quiere abrir la boca para que no le vean el boquete que le quedó cuando le volé tres dientes de un sopapo. ‘Déjalo que se haga hombre’, decía mi padre. Pero mi viejita me veía con sus ojos llorosos y me decía: ‘tú tienes que ser caramelero, como tu padre, no busques peleas’“.
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“Cuando llegó el panameño Harry Wills, boté el trabajo en La Universal y me arrimé al ring para ayudar a limpiar guantes, a pasar el agua y a barrer el pez que caía en el piso después que Harry frotaba sus botines para no resbalar. El negro me tomó cariño y me enseñó a boxear. Él me hizo debutar ante Young Toms, al que mandé a la lona al tercer asalto. Después vinieron Juan Sánchez, Manuel Sánchez y el Cholo Luis Guzmán, con quien me fajé en el Teatro Popular en un peleón montado por el Gato Rosado, el mismo día en que debutaron en el ring Flora Guzmán y Mery Guerra".
“No te apenes, madre, voy a pelear seguido para que puedas tener tu casa y laves sólo mi ropa y la tuya, le dije a mami Manuela, mientras me ponía una cataplasma para curar mi hombro luxado después de una pelea con el serrano Villacrés en el Teatro Bolívar, en Quito. Sueños, nomás. Comodidad, una cama decente, algo más que viejos trapos regalados para vestirse y arroparse, un chalecito propio, de caña y techo de zinc. No este cuarto de vecindad y un baño para veinte, en medio del patio de tierra y piedras”.
“Cuando el canalero Harry se despidió en el muelle fiscal, dándome un abrazo, me pasé al gimnasio de Vizcaíno y él me bautizó como Tito Símon, mi chapa de combate. Harry me mandó a ver desde Panamá. Él sabía que yo era valiente, que había sido gran cocacho en el barrio donde reinaban Gallo Ronco, Cucho y Cocodrilo. Al segundo round lo mandé a soñar al Caballito Young. Me firmaron entonces para pelear con el crédito canalero, Soldier Nieves. Le di diez libras de ventaja y lo tumbé en el cuarto asalto. Cuando los incrédulos reclamaron la revancha, se los volví a noquear en el quinto".
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“Fue al volver de Panamá que conocí a K.O. Pacheco, el peruano. Le había ganado en el ring del Teatro Victoria al Chato Lombardo y nos encontramos a la salida de la velada. Yo lo había ayudado por nada en la esquina, y él, con tremendos 300 sucres en el bolsillo, me invitó a comer a las carretillas. Al día siguiente lo saqué de la Academia Madinyá y lo llevé a Ecuador, de don Manolo".
“Estuvo un tiempo sin pelear y cuando se le acabó el billete, me lo llevé a mi casa. No sobraba nada allí, pero mi madre se las arreglaba lavando más ropa. ‘No te preocupes, tú también eres mi hijo’, le decía al K.O. cuando éste se disculpaba por los platos que se servía con apetito de náufrago. ‘Gracias, doña Manuela, algún día voy a pagarle’. Por eso mi madre arrugó la cara cuando don Aquilino vino a buscarnos para que peleemos en el American Park. ‘Pero si son como hermanos, don Aquilino, no los ve que andan juntos, comen juntos y hasta duermen juntos en este único catre’. le dijo".
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“Yo no quería enfrentarlo y Pacheco tampoco, pero éramos un roto para un descosido. El fogón estaba frío hacía ratos, y a mi vieja se le estaban poniendo tiesas las manos, deformadas como pequeñas ramas de un ceibo enano”.
“Calenté en el camerino. Cuando salía, oí al público gritar ‘¡Tito, cómete esa gallina!’. Don Enrique, mi apoderado, subió al ring con su blanco terno impecable para decirme: ‘ves a ese gringo que está en mi palco, es Charles Green, del Madison de Nueva York. Ha venido a verte para una pelea con el filipino Pancho Villa’. Esta es la mía, me dije. Cuando (el árbitro) Martín Zevallos nos mandó a pelear se acabó la parceria. Yo pensaba ya en Nueva York y me saqué un recto de derecha con un movimiento de cabeza".
“Me pareció ver ese cuadro nocturno de Manhattan que estaba colgado en el camarote del barco que me llevó a Panamá y fue allí donde me pescó el K.O. Un gancho de derecha me dio pleno en la pera. Me fui hacia atrás, y en el viaje a la lona alcancé a ver a mi rival erguida la guardia, listo para seguir golpeando a su amigo. Después sentí un combazo en la nuca. Era la maldita lona. Lona y tabla, nada de acolchado. No recuerdo nada más. Dicen que seguí hasta el octavo, que caí, me levanté y volví a caer sin que me tocaran. ¡Yo que nunca supe lo que era un nocaut! Que Pareja y Tanca ordenaron que me llevaran a la clínica. Que colocaron mi cuerpo en unas tablas porque no había camilla".
“Como fantasma te diviso, hermano Pacheco, cuando llegas y me besas la frente. Y siento tus lágrimas redondas, cálidas, tiernas, que caen sobre mi rostro. Yo quisiera abrazarte y decirte no llores, pana del alma, que no tienes la culpa. Es esta vida de pobres que nos puso frente a frente; es este boxeo tan cercano a la muerte”.
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En las tinieblas te veo marcharte lentamente, como cabalgando una nube ligera, en tanto yo voy hundiéndome de a poco en un abismo sin regreso. K.O. Pacheco, ñaño querido, afuera debe estar mi vieja. Llévala a casa. Sírvete tu café canoero y tu bolón de verde. Tú, mamá Manuela, plánchale esta noche el terno negro de tu hijo adoptivo, el K.O., y prepara el mío que ya se deshilacha. Esta madrugada, madre, empieza un triste funeral”. (O)



























