Todos lo vimos, fue hace poco: el 18 de diciembre de 2022 Argentina conquistó su tercer título mundial y el país entero (real, entero) salió a las calles a abrazarse, a gritar su emoción, a cantar “Muchaaaaachos…”. Solo en Buenos Aires se dio un suceso jamás visto: alrededor del Obelisco se congregaron seis millones de personas para celebrar. Desde el aire se veía como un gigantesco tubo humano. Era una nación recuperando su autoestima, el orgullo perdido. Porque el fútbol ejerce un poder transversal que ninguna otra actividad proporciona. Con todo respeto, el fútbol no es el remo, la esgrima, el patinaje o la natación. Ser campeón mundial de fútbol es una épica diferente. La técnica o la habilidad representan en ello una moderada incidencia. Juegan, sobre todo, el carácter, el temple, la inteligencia, la grandeza, el aguante. La gente lo sabe, hasta los que practican remo, esgrima o natación. Por ello sale un pueblo atropelladamente a vociferar su emoción. Pasó en Colombia en aquel célebre 5 a 0 eternizado, en Francia tras el 3 a 0 a Brasil en 1998, cuando su primer título mundial y millones abarrotaron los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo. Francia, la patria de la libertad, la igualdad y la fraternidad también podía lograr la epopeya de ser campeón mundial. No hay compostura, no hay flema para el orgullo.