Un chico del Liverpool enfocado por la cámara tras el gol de Mac Allister se tomaba la camiseta y mostraba el escudo con pasión. Lo sostenía con la izquierda y lo señalaba con el índice derecho. Acababan de empatar un partido tremendo, volcánico. Seguro, a su lado, su padre estaría abrazándose con otros hinchas liverpoolianos, gritando desaforados. Y tal vez su progenitor sea ingeniero, escritor, maestro, diseñador. No importa el grado social o académico ni el nivel de instrucción, el fútbol es transversal a todos, enloquece por igual a un plomero o a un intelectual. Roberto Goyeneche, el inigualable intérprete del tango, ícono de Buenos Aires, contaba que, a veces, se le encimaba un poco una actuación con un partido de Platense, su gran amor; se iba ya vestido de gala a ver el partido de los Calamares y de ahí al teatro o al local donde cantaría. Nos atraviesa esto de la pelota.