Era domingo –el 28 de septiembre pasado– cuando la voz conmovida de un gran amigo del deporte, Washington Cañola, me trajo una noticia triste de las que el espíritu no puede desprenderse a esta altura de la vida: “Ha muerto Carlos Cañola”, me dijo, y surgió en la memoria las raudas incursiones del moreno esmeraldeño en los tiempos del viejo estadio Capwell con la divisa de Unión Deportiva Valdez.