La cosa ya no se trata de definir un horario para todo público o establecer programación diferente para el público infantil y para el adulto. La trayectoria parece ser mucho más fuerte que cualquier argumento.La discusión ya no versa sobre si Los Simpson o Family Guy son o no dibujos animados para adultos o para niños. El tema ya sobrepasó las mesas de discusión y no encontró eco del otro lado. Tal parece que en nuestro cotidiano lenguaje la programación televisiva local se rige por, como diría el Chapulín Colorado, el clásico y bien conocido refrán: “Hecha la ley, hecha la trampa”.Y sí, parecen cosas de ese entrañable personaje, porque me refiero al siguiente caso: un día cualquiera, entre las 15:00 y las 16:00, la señal de Red TV Ecuador se encuentra transmitiendo su programación regular para niños (el programa es lo de menos esta vez) y en el borde inferior de la pantalla van apareciendo, disfrazados de servicio social, los mensajes de texto de algunos televidentes que “buscan pareja” en los términos más inimaginables: “Hombre madurito necesita encontrar señorita para relación casual o permanente”. “Mujer soltera deseosa de conocer a su media naranja en un hombre de cuerpo musculoso y con buena posición económica”.¿Se da cuenta lector, de que usted como padre ya no solo debe preocuparse de los contenidos de los programas, sino también de las publicidades que aparecen en pantalla, mientras sus hijos que ya saben leer miran su dibujo animado favorito? Y el tema no se queda de ese tamaño.Entre los cortes comerciales se publicitan –no solo en ese canal sino en otros, como RTS, por ejemplo– productos para la eyaculación precoz, geles para elevar la temperatura en el área de los genitales, seguidos de un largo etcétera. Claro, el canal cumple con una programación para niños, pero ¿y los contenidos publicitarios, qué? ¿Será que creen que los niños no prestarán atención durante los comerciales?Para mí, no existe diferencia entre los programas de televisión y la publicidad. La caja televisiva nos convierte en personajes de una ficción que se correlaciona con el mercado y que, por ende, invalida el mundo real.Se logra así romper el desde ya casi nulo compromiso que relaciona a niños y adolescentes con la realidad.Para comprender el mundo y relacionarnos con otros humanos usábamos desde la creación del mundo el código lingüístico, pues el hombre es un ser parlante por naturaleza. Si tradicionalmente llegábamos al conocimiento por la escritura, actualmente llegamos a él por la imagen.Frente a esta realidad, la televisión crea también universos paralelos, como el compuesto de exclamaciones, interjecciones, oraciones fragmentadas por la sombra del doble sentido, expresiones rotas por la necesidad de cumplir con el estándar de la programación para todo público; en fin, la televisión ha creado su propio lenguaje. Uno en el que la doble moral es lo que comen por refrigerio los pequeños, junto al vaso de leche de las tardes.Por otro lado, esta situación televisiva parece proporcionar abundante información. Los conocimientos que aporta, sin embargo, son inconexos y fragmentados e impiden la adquisición de un saber estructurado y real. Claro que a los padres les toca explicar, o ayudar a que sus hijos digieran aquello que se les mostró y consumieron. Pero y el derecho a que los padres decidan el ¿cuándo, cómo y por qué? ¿Dónde se queda?Más que una falta de ética, este discurso de doble cara, lo único que evidencia es una total irresponsabilidad, de la mano a un irrespeto por la educación que cualquier padre desea inculcar en sus hijos.