La imagen de miles de sombreros blancos o de color crema secándose con los rayos del sol en las calles adoquinadas de los barrios tradicionales de la ciudad, en sus plazas y veredas, es hoy solo un recuerdo para los cuencanos que ya pasaron de las cinco décadas. Ya no se ven a los tejedores de sombrero de paja toquilla sentados sobre una esterilla en los umbrales de las tiendas, que eran las habitaciones que daban a la calle.