Cuando supe sobre el fallecimiento de Willie Colón no pasó nada espectacular. No hubo trueno, no se detuvo el tránsito. El mundo siguió igual —esa indiferencia eficiente que reserva para las pérdidas ajenas— y quizá por eso dolió más. Lo único que cambió fue un detalle mínimo: me vi buscando música como quien busca una llave en el bolsillo, con la certeza de que si no la toca ahora, después se le extravía la memoria.
Willie Colón murió el 21 de febrero de 2026, a los 75 años. En mi vida no fue “un artista que me gusta”. Fue una presencia larga, estable, de esas que no se anuncian. No necesito pensar en él todos los días para que esté allí; basta con que suenen dos trombones colocados con intención y vuelve ese hilo de continuidad que me conecta con mis propias edades, sin sentimentalismo ni explicación.
Abrí mi lista —mi mapa personal— y descubrí que esas canciones no eran “preferidas”: eran habitaciones. En las primeras está la adolescencia real, la que quiere pertenecer y, al mismo tiempo, esconderse. Con Willie y Lavoe uno no se vuelve valiente: se vuelve menos tímido. Y aprende algo temprano: el baile no garantiza alegría. Se puede mover el cuerpo con un nudo adentro y eso no te vuelve impostor; te vuelve humano.
Luego el mapa se desplaza hacia la ciudad. “Calle Luna, Calle Sol” aparece como aparecen las esquinas verdaderas: con advertencia y ritmo. “Todo Tiene Su Final” trae una lección que solo se entiende del todo con los años: uno la oye joven y cree que comprende; la oye después y comprende de verdad. Y en el centro del mapa, los temas largos y oscuros obligan a quedarse: “Vigilante”, “Juanito Alimaña”, “Pasé la noche fumando”. Canciones que no piden ser consumidas como estímulo sino habitadas como escena.
Ahí, para mí, Fantasmas es clave. No como etiqueta para presumir criterio, sino como punto de inflexión íntimo: el momento en que Willie deja de ser únicamente energía de calle y se vuelve una elegancia sobria, adulta. En ese disco hay una melancolía sin melodrama, una inteligencia de productor que acompaña sin aspaviento. Es música que no te empuja: camina contigo.
Después está la zona Blades: cuando el cuerpo baila y la cabeza no se ausenta. “Pablo Pueblo”, “Tiburón”, “Te están buscando”, y luego Siembra: “Plástico”, “Pedro Navaja”… temas que no sobrevivieron por nostalgia sino por dramaturgia. Siguen sonando porque suenan a gente. Pero incluso ahí yo no escucho “historia de la música”; escucho momentos de mi vida en los que necesitaba que alguien me hablara sin infantilizarme.
Por eso, cuando pienso en Willie muerto, no pienso primero en el “legado”. Pienso en algo más simple y más cierto: me acompañó. Me acompañó cuando yo era un chico y necesitaba una voz que me diera forma. Me acompañó cuando empecé a perder cosas y no quería convertirme en un amargado profesional. Me acompañó cuando entendí que la adultez no es una cima sino una administración de fatigas. Y me acompañó incluso cuando ya no estaba para himnos, sino para música que supiera respirar con uno.
Hacerle tributo no es levantar un bronce verbal. Es una acción mínima: poner una canción exacta en un momento exacto. Dejar que la ciudad vuelva a sonar real. Dejar que una melodía haga su trabajo sin dramatizar. Aceptar que cuando muere un artista que te acompañó toda la vida, se altera una parte de tu propio tiempo, como si el reloj interno perdiera un engranaje que siempre estuvo ahí, trabajando en silencio.
Y aun así, mientras esas canciones existan —mientras uno pueda volver a ellas— Willie seguirá pasando por encima de mis edades: una presencia obstinada, musicalmente viva, incapaz de volverse pasado del todo. (O)










