Hemos recibido en los últimos días dos muy buenas noticias del hermano país: la extracción del purulento Maduro y la liberación de más de 800 presos políticos. Son el inicio de una recuperación política y económica que hemos venido anhelando desde hace varias décadas.
¿Por qué la música? Hace algunos lustros pude concurrir a un congreso de ministros de Educación y Cultura en Caracas, presidido por el maestro José Antonio Abreu, un multifacético personaje: era compositor, director de orquesta, economista. Había creado en su país instituciones y orquestas sinfónicas de jóvenes, como parte del proceso educativo. Dentro del programa del congreso ofreció una noche la presentación de una cantata denominada Cantaclaro y el diablo, con coros y orquesta muy bien ensamblados. Era la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela. Todos los asistentes quedamos muy bien impresionados y agradecidos por el magnífico espectáculo. Confieso que soy melómano, a pesar de que soy medio sordo, pero en aquellos años oía bien.
Con la calidad del espectáculo tiene que ver el sitio donde se lo ofrece. El concierto fue en el teatro Teresa Carreño, que tiene muy buena acústica. Fue diseñado y construido con escenarios móviles. Tiene sistemas eléctricos para que el foso de la orquesta puede elevarse, según las necesidades, a la altura del escenario. Construido cuando Venezuela era un país muy rico, no escatimaron en gastos para tener el segundo mejor teatro de América. Forma parte de un enorme complejo cultural.
Durante las reuniones del congreso, pudimos conversar con él y le pedí ayuda para formar en Ecuador una orquesta juvenil. Aceptó encantado y nos dio todo su apoyo. De esa ayuda surgió la primera Orquesta Sinfónica Juvenil del Ecuador, en Quito. Le entregamos la dirección a un joven director de orquesta llamado Patricio Aizaga y con nuestra Subsecretaría de Cultura llevaron adelante el proyecto.
He visto, muy complacido, que ahora en nuestro país hay algunas orquestas sinfónicas, en Quito, Guayaquil, Cuenca. La música clásica debe ser parte de la educación nacional para inculcar a niños y jóvenes el amor por la belleza. Esa música afina los sentidos, mejora el entendimiento, nos pone en contacto con lo sublime.
También recuerdo ese congreso porque, aprovechando la amistad que hicimos con el maestro Abreu, le pedí su apoyo para crear la Cátedra Internacional Juan Montalvo, a fin de que nuestro ilustre cosmopolita pueda ser objeto de estudios por investigadores y estudiantes de todos los países. Que se puedan estudiar su vida, su obra, sus Catilinarias, los Siete tratados, los Capítulos que se olvidaron a Cervantes, la Mercurial eclesiástica. Abreu había leído a Montalvo y, a pesar de no constar en los programas, propuso la cátedra que fue aprobada por unanimidad y con aplausos.
Tengo la esperanza de que los venezolanos puedan avanzar hacia la normalización de su vida política, que puedan manejar su dinero con honradez, que tengan buen éxito en su lucha contra el narcotráfico, que la comprensión, la necesidad superior de vivir en paz pueda atemperar las venganzas que el odio genera. Hay que esperanzar. (O)









