¿Por qué EE. UU., diga lo que diga el Gobierno de turno, insiste en intervenir en el resto del mundo? La actual guerra con Irán ya envuelve a una veintena de países, incluyendo Rusia y Ucrania. La Administración de Trump no precisa justificaciones. “Seguimos escuchando nuevas razones para la guerra con Irán (ninguna convincente)”, dijo el republicano Rand Paul. Tras sesiones clasificadas en el Senado, el demócrata Richard Blumenthal expresó que “no parece haber una meta clara”. Renunció el director de Contraterrorismo de EE. UU. en protesta: “Irán no es una amenaza inminente”. Una encuesta nacional de la Universidad Quinnipiac encontró que el 62 % de estadounidenses no considera que el Gobierno haya justificado claramente la guerra. ¿Cómo entenderlo?

Resumamos las observaciones de los analistas. Durante décadas se ha sostenido que Irán está “a punto de” desarrollar la bomba. A ese discurso se suma el carácter teocrático del Gobierno y su rol como patrocinador de redes terroristas, así como el objetivo de “cambio de régimen” e interrumpir la cadena de suministros paramilitar. En un plano económico, EE. UU. busca preservar el dominio de la infraestructura financiera con el “sistema del petrodólar”, hoy desafiado por los BRICS. Y, más ampliamente, se sugiere que Irán es un escenario proxy de una nueva guerra fría con China. Si bien los expertos ofrecen luces, resultan ser brillos parciales. Más allá de los patrones que se repiten, algo más desborda las formas históricas. Para concebirlo, conviene mirar más de cerca a Washington.

Por un lado, acostumbrados al sistema internacional, asumimos que sus unidades son todas Estados nacionales. Pero con justicia EE. UU. ha sido llamado “un país inventado”, con pueblo e instituciones de una ingeniería disimilar de los Estados históricos. De ahí que el conservadurismo allí sea vano: no hay nación originaria a la cual regresar. Por otro lado, su proyección de poder ha alcanzado una escala descomunal. Vencer a los soviéticos lo dejó casi de repente en la cima del mundo. La ciencia política habla de una “presidencia imperial”. Pero si observamos sin prejuicios, advertimos una crisis de identidad que no se agota en la voluntad de dominio de Washington.

El aparato estatal estadounidense, adaptado a la confrontación mundial, es todavía insuficiente para la hegemonía. Las “guerras interminables” de EE. UU. son el reflejo exterior de una crisis institucional interna. Los conflictos internacionales son pruebas de límites e imperativos evolutivos de ese Estado. Tan masivo es su poder que acudimos a analogías extremas para asimilarlo. Así como la luz y los hoyos negros curvan el espacio-tiempo, aquel poderío doblega la vida humana en su totalidad planetaria. La realidad política vigente revela que la pregunta inicial sobre el intervencionismo está mal formulada. El mundo entero está de facto tejido del campo de poder de EE. UU. y este todavía no sabe qué hacer con su omnipresencia. Es un indicio de la metamorfosis mundial. (O)