Hay mucho que decir sobre la reelección de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos y tendremos cuatro años para hacerlo. Lo que es urgente es repensar qué significa su elección para el sistema internacional, especialmente tras los últimos anuncios.

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Lo trágico: primero, Ucrania. Y esto significa mínimamente cortar todo el apoyo militar, económico y estratégico que Joe Biden proporcionó, y en el peor de los escenarios forzar un acuerdo de paz que signifique la pérdida de territorio en el este y el fin de sus aspiraciones de entrar a la OTAN, pues es también la primera oferta de campaña que tiene que cumplir. Segundo: cualquier posibilidad de cese al fuego en Gaza, Cisjordania y el Medio Oriente, no solo porque esa fue la línea que siguió en su primer mandato, sino por su necesidad de aplacar a los más extremos de su partido apoyando a Benjamin Netanyahu.

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Lo regional: parafraseando la frase de la doctrina Monroe, América para Marco Rubio. Esta es la primera vez que el secretario de Estado es de origen latinoamericano y conoce la región con cierta profundidad. Por supuesto, sus lentes para mirarla son altamente ideológicos, pero con conocimiento de causa. Aún más, su base política ha sido siempre la Florida y eso significará que prestará más atención a sus constituyentes que son fundamentalmente de origen cubano, venezolano y colombiano, en ese orden. A Trump no le interesa el mundo, menos América Latina, por tanto la relación será delegada a Marco Rubio, quien será el que negocie, transe o castigue a países de la región, con una excepción: habrá un segundo secretario de Estado, Elon Musk. Muchos países tratarán de triangular decisiones a través de él, a sabiendas de que tendrá mucha más ascendencia que Rubio en la decisión final que tome Trump. El riesgo central con Rubio es que tiene una particular visión sobre China y la amenaza que esto representa para la primacía estadounidense. Seguramente demandará alineamiento a cambio de ventajas arancelarias u otro tipo de cooperación. México será el más afectado por su dependencia comercial extrema.

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El Ecuador: un balance es delicado. Estratégicamente, puede salir intacto si, y solo si, establece una sofisticada y coordinada estrategia para saber cuál es la transacción que quiere proponer (pues todo se trata de eso). ¿Ahora sí va a negociar sustantivo apoyo para la lucha contra la criminalidad y en qué condiciones? ¿Va a pedir cooperación judicial para detener a los líderes criminales? ¿Y los migrantes? ¿Va a apuntar a mayor apoyo económico si es que esa cooperación no camina (tal vez no exista la posibilidad de los dos)? ¿Tiene sentido insistir en la ley IDEA para insertarse en las preferencias arancelarias caribeñas cuando no hay ya voluntad ni votos? ¿No será mejor insertarse en un acuerdo extendido como el American Act que provee libre comercio en los mismos términos que el Tratado con México y Canadá o en la iniciativa Chips, para insertarse en las cadenas de valor industriales que ya está vigente y donde ya se sumaron Costa Rica y Panamá? Es un momento delicado a nivel mundial, si no pensamos nuestra política exterior alguien más lo hará por nosotros y estará en Miami o Bruselas… (O)