Hace poco presenté el libro Sobreviviente desnuda, de Susana Cárdenas Miño. Un libro de relatos y poemas escritos en forma llana y con la belleza de lo simple, de lo auténtico, de la escritura sin poses que sale de los recuerdos y del corazón.

Algunos de los asistentes han sido fieles lectores de Diario EL UNIVERSO y me hicieron prometer que publicaría mi texto en este espacio. Como no me gustan las promesas falsas ni los juramentos en vano, aquí llego. Lo haré en dos partes.

La presentación del libro fue en el bello jardín que la autora siembra, cultiva y cuida. El entorno invitaba a pensar y fue ahí que nació este texto:

Conocí a Susana en la Facultad de Derecho de la PUCE, en los años 70. En aquellos tiempos de incorrección, cuando las feministas éramos femeninas y no estaba de moda lo “políticamente correcto”, a voz en cuello, y junto con los compañeros coreábamos: “¿Quiénes son los reyes? Los de Leyes. ¿Quiénes son los de pelo en pecho? Los de Derecho. ¿Quiénes son los bienamados? Los abogados. ¿Dónde está la ciencia? En Jurisprudencia”.

Tan incorrecta fue la PUCE de los 70 que Shishipo, el padre Juan Ignacio Espinosa Pólit, profesor de Economía, el primer día de clases nos asignaba puestos en estricto orden alfabético y explicaba a cada estudiante la procedencia de su apellido. Pero esto tenía un agravante: no le gustaban los chagras. Susi estaba salvada porque los Cárdenas eran de Quito; en cambio a mí me preguntó:

—Señorita Varea, ¿usted es de Latacunga?

Yo, con cara de mashca bonita, respondí:

—Sí, padre. —Y recibí, como un baldazo su segunda pregunta:

—¿Y no le da vergüenza?

Lo cierto es que Susi y yo nos hicimos amigas a pesar de ocupar puestos distantes asignados por el taita cura, a pesar de mis tabús adquiridos en un colegio de monjas y de la libertad que ella traía desde el colegio Americano. A pesar de mis miedos y su soltura tan natural.

La rocola y las cervezas del bar Carrión afianzaron nuestro deseo de cambiar el mundo con canciones. Conversábamos sin parar, estudiábamos sin parar y queríamos lo mismo: un mundo justo. Fuimos espíritus rebeldes; creo que aún lo somos.

Lo cierto es que la vida, los maridos, los andares nos han unido y separado múltiples veces, pero siempre, siempre, siempre el cariño y los ideales han permanecido intactos. Aquí, con canas y arrugas, con hijos y nietos, y los mismos maridos, que resultaron de buena calidad, seguimos luchando por un mundo justo. Ya no en la calle quemando llantas como en los 70, sino desde nuestras propias trincheras de palabras.

Tal vez por esa vida y por esos intensos años compartidos, editar el libro de Susi ha sido para mí un regalo enorme. Sé que mi sobrino José Alejandro Echeverría, mi editor en jefe, también ha disfrutado del proceso.

Hace algunos años, Susana me mandó un cuento que para ella era un garabato. Era un bellísimo texto sobre sus hijos de tres colores: un rubio, un moreno y un pelirrojo. A mí me pareció una joyita y se lo dije.

Pero lo que principalmente le dije fue que siguiera escribiendo. (O)