Escribo un domingo por la tarde, antes del debate presidencial, esperado y temido, el calor agobia en esta tarde guayaquileña.

Para quienes esperan las 20:00 y el comienzo del round político televisado, la vida en pausa, la vida entre paréntesis, la vida en stand bye, como las horas previas a un enfrentamiento decisivo. Pero sin cervezas ni piqueos, hay temor de atragantarse.

El posdebate

La mejor elección

Sin embargo, acecha agazapada la esperanza. ¿Podremos salir de esto? ¿Las palabras en el debate de los presidenciables serán puentes que aguantan temporales, o trampas que se caen por su propio peso?

¿Sus gestos que, muchas veces, dicen más que las palabras, acompañarán sus dichos o estarán divorciados como quien aprende una lección sin pasión ni interés, solo para guardar las apariencias?

¿Serán bálsamo o ácido arrasador? ¿Serán refugio en horas de desplazamientos forzados, crudo derramado, ríos contaminados, inundaciones, deslizamientos, secuestros y muertes, serán refugio o armas?

¿Serán semillas o cuchillos?

Porque las palabras crean, no son meros sonidos que se esfuman en el aire, sino raíces que germinan o venenos que contaminan.

Desde el inicio de los tiempos, la palabra nos ha hecho personas, nos ha ayudado a vincularnos, cooperar, crecer juntos, a expresar el amor y la ternura, pero también ha generado guerras, enfrentamientos y división en civilizaciones.

Han sido génesis y condena: un “hágase” que origina mundos, como dicen muchos textos religiosos entre ellos la Biblia, o un “desaparece” que borra existencias, como los campos de concentración. Es tal su fuerza que se ha convertido en una opción profesional al servicio, en personas inadecuadas, de la manipulación que me lleva a comprar lo que no necesito o elegir algo o alguien de quien me arrepiento.

Muchas veces la palabra se usa como herramienta de poder y no como vehículo de verdad. Por eso hay palabras que salvan y otras que hunden.

La palabra humaniza. Nombrar al otro es reconocerlo, es hacerlo existir. No es lo mismo decir “migrante” que “ilegal”, “mujer” que “hembra”, “ser humano” que “cifra”. El lenguaje modela la realidad y, cuando lo pervertimos, nos deshumanizamos.

La palabra es compromiso. Lo que se dice debe sostenerse, con la vida, con las acciones. Quien habla sin honrar su palabra se convierte en eco vacío. En la historia, los grandes cambios no comenzaron con armas, sino con palabras que encendieron conciencias.

¿Encenderán nuestras vidas en la esperanza las palabras del debate o nos hundirán en los insultos y el desprecio?

La palabra trasciende. Lo que decimos queda. Se multiplica, se incrusta en la memoria colectiva, sobrevive a quienes la pronunciaron. Por eso, quienes detentan el poder le temen a la palabra libre, porque no pueden borrarla con balas ni silenciarla con leyes.

Hoy, en un país donde las palabras han sido traicionadas, ¿qué haremos con nuestra voz? ¿Vamos a seguir repitiendo discursos huecos o nos atreveremos a decir lo que duele, lo que incomoda, pero también lo que une, lo que nos despierta, lo que nos moviliza, lo que nos entusiasma?

La palabra puede crear o destruir, intimidar o dar alas. Hay que elegir.

Ya tuvo lugar el debate, mantengo este artículo… (O)