“La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer”. El poeta chileno Gonzalo Rojas dibuja un sentido de la palabra y la hace viva. Se apropia y la moviliza, la hace provocadora. Sin embargo, el sentido final de este maravilloso verso solo aparecerá en el lector, en cada uno. Es una suerte de secuestro semántico, donde los significados de las palabras dejan de estar determinados por su definición objetiva o histórica y pasan a estar dominados por el conocimiento previo y las experiencias personales. Los significados están en las personas, no en las palabras.
Rafael Echeverría, filósofo, plantea que a través del lenguaje no solo describimos la realidad: la creamos. El lenguaje no es un medio neutro; lo que decimos configura las posibilidades de acción a través de declaraciones, juicios y promesas.
Echeverría sostiene que no hablamos sobre el mundo; construimos mundo al hablar. Vivimos en el lenguaje como vivimos en una casa. Y si esa casa está mal construida, la vida dentro se vuelve frágil.
Mientras más conocimiento tenemos, el mundo que creamos se vuelve más amplio, más dinámico y con un rango mayor de posibilidades.
Humberto Maturana, en una línea similar, formuló que vivimos en redes de conversaciones. No es el mundo el que nos determina, sino las conversaciones que tenemos sobre él.
Ese capital simbólico que acumulamos en vida nos condiciona frente a los hechos que enfrentamos.
El escritor español Arturo Pérez-Reverte, en una entrevista al diario argentino La Nación, propuso que la cultura no es un lujo intelectual, sino una herramienta de defensa personal y colectiva. Cuenta como ejemplo: “Cuando me tocó ser reportero de guerra a los 21 años… Cuando me tocó ver el horror, las violaciones y la muerte, yo ya había leído. Llevaba una mochila de libros leídos… Sin haber leído esos libros me hubiera horrorizado, me habría traumatizado… Había leído La Iliada, La Odisea, La Eneida; entonces, reconocía en el mundo lo que había leído. Eso me permitió digerirlo con normalidad”.
Z. Bauman, por su lado, señala que no vivimos solo en un territorio: vivimos en el lenguaje, y cuando degradamos el lenguaje, degradamos la forma en que habitamos el mundo.
Hoy las redes sociales premian la simplificación extrema. La frase corta, la indignación inmediata. El algoritmo no favorece el matiz, sino el impacto.
Una sociedad que empobrece sus palabras empobrece su experiencia. Una sociedad que no lee no pierde entretenimiento: pierde criterio. Y cuando pierde criterio, entrega su libertad sin darse cuenta.
Para terminar quiero citar a Neruda, con algunos versos de Las palabras: “Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio... A los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos... las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras”. (O)









