Tres episodios relacionados con las monarquías en pleno siglo XXI han concentrado el interés de la opinión pública en los últimos días. El 19 de febrero arrestaron al expríncipe Andrés del Reino Unido por delitos que cometió siendo príncipe (ya no es príncipe porque la casa real preveía este desenlace). No hay nada nuevo porque el motivo por el que cayó preso es algo que acostumbran hacer los reyes y sus familias desde la época de Hammurabi y están descritas en la Biblia en el primer libro de Samuel.
Los que tenemos más años conocimos el Reino de Irán gobernado por el Sha Mohammad Reza Pahlavi. Lo derrocó en 1979 la Revolución Islámica de los ayatolás. Ahora, ante el fracaso de la República Islámica y los nuevos aires en Occidente, ha aparecido con fuerza la figura de su hijo, heredero de esa monarquía, con pretensiones bastante probables de volver a gobernar la antigua Persia de nuevo como reino. Suponemos que, en caso de prosperar, será una monarquía de estilo más europeo que las absolutas de Marruecos, Jordania, Emiratos Árabes o Arabia Saudí, otros países musulmanes que son gobernados por monarcas absolutos en pleno siglo XXI. En cualquier caso, si Reza Pahlavi hijo llega al trono de su padre, será la primera monarquía restaurada en el siglo XXI.
No es tan extraño eso de los reyes y reinas de hoy en día. Son monarquías unos cuantos de los países más avanzados del planeta: Reino Unido, España, Países Bajos, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Noruega, Luxemburgo, Mónaco... También lo son Japón con su emperador, o Canadá y Australia, que admiten como jefe del Estado al rey británico. Son ricas, pero no tan avanzadas las monarquías árabes, o las africanas, que suman unas cuantas. Y todo eso sin contar las monarquías que no se llaman monarquías, como la dinastía que gobierna Corea del Norte con mano de hierro; el matrimonio tiránico de los Ortega en Nicaragua o la también tiranía de los Castro en Cuba, donde manda el hermano de Fidel y Marco Rubio arregla con su nieto el futuro de la isla (como en Venezuela, pactan lo que sea con tal de seguir en el poder).
El caso de Irán podría compararse al de España en 1975, cuando Juan Carlos, nieto de Alfonso XIII, volvió a reinar después de 36 años de dictadura de Francisco Franco y de dos intentos republicanos anteriores que hicieron abdicar a los reyes en 1873 y en 1931. Ahora Juan Carlos, sancionado por la opinión pública española por su conducta financiera y sexual, puede volver a España de su exilio en Abu Dabi gracias a sus méritos democráticos, certificados después de la desclasificación de documentos del golpe de estado de 1981.
Es ingenua la pregunta de si los escándalos de la corona británica o española van a causar el fin de esas monarquías. La conducta del príncipe Andrés del Reino Unido o del rey Juan Carlos de España no hacen más que confirmar que uno es hermano del rey y el otro es rey jubilado, no muy distintos de los que cometieron reyes y príncipes durante siglos y tantos jefes de Estado que hoy están presos o exiliados. Por eso parece más probable que en el siglo XXI vuelvan algunas monarquías antes de que caigan otras. (O)











