Es evidente el poder hipnótico del espectáculo y su influencia se ha intensificado por la velocidad mediática de nuestra era, que inunda con datos e imágenes al pensamiento. Así se mantiene a flote el Gobierno ecuatoriano, con sorpresas y destellos, y cabe esperar más. Los medios de comunicación, cuando superan los discursos que no convencen al lado contrario, exponen buenos análisis e investigaciones, pero rara vez llevan a la reflexión. Tanto un lado como el otro apelan a emociones, ya sea de fanatismo o indignación, y esto profundiza el ruido que suele filtrarse involuntariamente por monóculos ideológicos. Por esto, no solo permean al país las crisis de los aparatos mundanos, sino que el mismo futuro se tambalea. Unicef reporta un incremento de 640 % en el homicidio de menores de edad en los últimos años, quienes además sufren de crecientes problemas de salud mental en medio de una crisis educativa. Ni las potencias extranjeras, en competencia geopolítica, ni la asistencia humanitaria, con límites estratégicos, podrían aportar ayuda sustancial. Así se entiende que en tal torbellino se pida una abstracta mano dura que ponga las cosas en orden desde arriba.

Y casi sin mediación surge el caso de Bukele, quien brinda apariencias de seguridad a cambio de constante sometimiento. Es suficiente notar que la encarcelación masiva no brinda solución, pues sencillamente excluye y reúne detenidos, cosa que no solamente los conserva, sino que los reproduce. A cambio de la tasa de homicidios más baja de América, los salvadoreños padecen persistentes intromisiones de la fuerza pública en detrimento del tejido social. Este se hunde en parte porque los fondos estatales se arremolinan en torno a una seguridad superficial. En efecto, el 26 % de su población vive en “pobreza multidimensional” y depende de ayuda humanitaria para sobrevivir. Igualmente, los fondos privados sufren, incluso en aquel triste fenómeno que conocemos, cuando las familias de los encarcelados deben costear sus comidas y seguridad física. Pero es la masa misma quien contrae tales condiciones, aunque sea sin culpa. Que el presidente salvadoreño haya sido reelegido en contra de la constitución o que exista un partido hegemónico no pasan de ser detalles triviales para el que tiene miedo, como cerezas en un postre sin valor nutricional.

El país que queremos

La salida del túnel

Es preciso reconocer que un considerable porcentaje de miembros del crimen organizado son jóvenes afrontando la exclusión socioeconómica. La violencia criminal explota las condiciones estructurales que los vulnerabilizan. Esto es una indicación de que los recursos necesarios para combatir al crimen superan el poderío de las armas. De ahí que el servirse de corporaciones entrenadas a decir “sí, señor” en cuanto al uso de la violencia no termine de ayudar, como se ve en México. Al contrario, aumenta el riesgo de arbitrariedad en cada vez más campos que se militarizan y ¿quién vigila a los vigilantes? Por eso es digno de atender a la recomendación de que las agencias de construcción de paz sean acompañadas, en sus diálogos con criminales, por psicólogos entrenados. Pues si algo prolifera en dicho entorno es el trauma (griego antiguo para “herida”). Sin embargo, la dureza autoritaria es ciega ante tales afectaciones del ser, ante la vulnerabilidad. De hecho, la política de mano dura amplifica el juicio moral de que tales víctimas son “malas” y con esto no solo garantiza la supervivencia del crimen, sino también de sí misma. Es justamente la segregación ocasionada por ‘la ley y el orden’ del líder la que provee de recursos a quienes organizan, financian y otorgan identidad a los marginalizados, un círculo vicioso tan familiar para unos como invisible para otros.

¿Qué alternativa tenemos? Esta pregunta es un espejismo, porque presume que la respuesta es una opción dada por el sistema. Es la misma ilusión que subyace a la estadística del consumismo, como si de la oferta de colores se ejercitara la libertad al escoger azul o rosa. Es decir, hemos sido habituados, no nos hemos dado cuenta de que nos han cercado. La única forma de invertir las estructuras del poder es recobrando la soberanía propia, refutando el ser meros números en la masiva estadística; llegar a ser pueblo. Actualmente, el poder está siendo impulsado por la inexorable aceleración técnica, por lo que las soluciones del pasado quedan pronto obsoletas como ideologías. Estas pretenden explicarlo todo, descalificando por anticipado todo lo que no se ajuste a la idea. Para superar el miedo y abandonar la masificación, es forzoso romper los cristales estructurales y reconquistar la consciencia de ser una personal singular. Si la comunidad no nace desde sus partes constitutivas, le queda entonces lo que ya existe, que es recibir orden desde arriba, desde donde las ideas son condicionadas por el progresivo despliegue del poder, que brilla como el fuego que arrasa al campo que alguna vez fue verde. (O)