Pertenezco a la ciudadanía universal que reaccionó con regocijo ante la noticia de la captura del exdictador Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Una espontánea empatía con ocho millones de venezolanos que tuvieron que migrar de su país por la pobreza y miseria no solo material, sino también moral, que indujo la revolución bolivariana del difunto general Hugo Chávez. El mayor éxodo mundial de la historia contemporánea, superando al producido por 14 años de guerra civil en Siria.

El secuestro cumplido con precisión milimétrica por parte de los comandos norteamericanos terminó silenciando la propaganda desafiante y burlona del régimen, ahora convertido en cascarón vacío en la figura de la presidenta encargada Delcy Rodríguez. De un golpe, la añeja prepotencia y arrogancia criminal de 26 años quedó reducida al ridículo en un episodio sorpresivo, aún noticia en desarrollo.

La paradoja es que el vapuleado chavismo se mantiene con un poder mermado, coaccionado por las órdenes que impone Washington, merced al bloqueo de las exportaciones petroleras y a la amenaza de perpetrar otros secuestros de sus líderes, a discreción. Imaginarse correr la suerte de Maduro, acusado de ser el cabecilla del narcoterrorismo en el Caribe, debe mantener en zozobra a sus compinches, que temerosos obedecen y negocian su impunidad. Seguramente, las condiciones sui géneris de la transición política pactada tienen por antecedente lo sucedido en Panamá en 1989, donde se produjo la última intervención estadounidense continental a escala. Tuve oportunidad de cubrirla en el desempeño periodístico y observar el caos que significaron 72 horas de vacío de poder mientras nuevas autoridades reemplazaban a la dictadura del general Manuel Antonio Noriega. Recuerdo la vía España, arteria del comercio capitalino, salvajemente saqueada.

Más allá de que me desagrada la continuidad del puñado de fantoches en el Palacio de Miraflores, el cálculo de los estrategas del Pentágono no está extraviado. Apresurar una transición súbita reconociendo el liderazgo de María Corina Machado y su asociado Edmundo González, legítimo ganador de las elecciones presidenciales de 2024, hubiera sido exponer a Venezuela a un baño de sangre. El propio estamento militar chavista, comprometido en tanto desafuero fratricida en contra de su pueblo, será el encargado de desarmar paulatinamente a los grupos paramilitares que han impuesto un régimen de terror a sus compatriotas. Solo un control represivo tan omnipresente y sofisticado, guiado por la asesoría cubana, ha impedido que las calles estén rebosantes de júbilo ante la caída de Maduro.

Respecto a la moralidad y legitimidad de la acción intervencionista, seguirá siendo objeto de debate. Apelando a un dicho atribuido a Simón Bolívar, cuyo espíritu debe sentirse también aliviado por esta liberación de los usurpadores de su memoria: “Entre dos males, el menor”. Esto es, me quedo con la abducción antes que con la dictadura rapaz.

En la historia, hay la tradición de inventar bocadillos con motivo de la celebración de grandes acontecimientos. Una sugerencia para la sofisticada culinaria ecuatoriana de inventar la gracia de un “Maduro frito”. (O)