Hace muchos años me inscribí de manera random, como dice la generación Z, en una clase de danza jazz. Cuando llegué descubrí que había que usar zapatos que se deslicen fácilmente por el piso de madera, pero el profesor no se hizo lío cuando yo me aparecí en medias; la que se hizo lío fui yo al tratar de seguir sus ágiles y eclécticos pasos al ritmo de una música excesivamente dinámica para poder anticipar el siguiente movimiento. Con o sin zapatos, eso no iba a llevarme al estrellato sino solo a estrellarme. Acudí unas veces más hasta que entendí que solo se trataba de poder sentir la música en el cuerpo; una vez que lo hice, abandoné las lecciones para abandonar las reglas.
Los aficionados al jazz más serios, los nostálgicos, los profundos, los de copa en la mano, los de discos de vinilo no lo bailarían. “Si la gente quiere bailar, que lo haga”, pensaría boca para afuera, pero para ellos, el jazz que escuchan, blanqueado con el tiempo, no se puede considerar una música digna de mover el esqueleto. O, tal vez, en un resquicio de su alma, tienen ganas pero no pueden admitir que prefieren mostrarse más interesantes de lo que son. Para ello, mueven la cabeza con una mirada profunda, mientras imaginan que podrían haber sido Chet Baker si hubieran querido aunque se criaron hablando el idioma nativo de Maluma.
Maluma, un exponente del género reguetón, es un cantante de líricas vulgares, sexistas y misóginas que nada tienen que ver con un jazzista elegante al que le gusta también el blues. Pero ¿es así? Pues no. Un jazzista ilustrado conocería las canciones de cantantes como Lucille Bogan, Bo Carter, Clara Smith y The Hokum Boys, a quienes no puedo citar en una columna de público amplio como esta.
El jazzista de guion, en cambio, desdeña al amante del reguetón como un ser inferior, de escaso capital cultural, miembro de las masas empobrecidas que no saben lo que es bueno para ellas.
Ese jazzista escucha música clásica mientras degusta una tabla de quesos maduros en un pequeño salón de su casa. No le alcanza el presupuesto para ir al Festival de Salzburgo, pero sabe que allí es donde pertenece. ¿Es así? Pues no. Ignora que un compositor como Wolfgang Amadeus Mozart disfrutaba de la sátira escatológica musical; que para él no había fronteras entre los mundos que los árbitros del buen gusto separan en la cancha del entretenimiento.
Mozart, un verdadero entendido en la materia, no andaba dando lecciones sobre las verdades absolutas de la música; solo la creaba y disfrutaba.
Resaltar las diferencias entre los conocedores, los especiales, los que aluden a un público tan cosmopolita como ellos, y los demás, los otros, los inferiores es una forma reduccionista de criticar, tan simplista como una canción de Maluma. Los jazzistas con actitud de superioridad buscan disfrazar sus propias limitaciones con la lista de “qué hacer” y “qué no hacer” aplicada solo a los demás. Como diría el cantante colombiano, jazzista, baby, te quedan “cosas pendientes”. (O)