Cuántas veces hemos escuchado “el peor enemigo de una mujer es otra mujer” o “las mujeres no pueden ser amigas entre ellas”. Identificar esas narrativas normalizadas es fundamental para salirles al paso, cuestionarlas porque son estereotipos reproducidos por el régimen patriarcal. Es decir, convivimos en un sistema estructural y jerárquico que configura las leyes y normativas del mundo en el que vivimos desde un dominio masculino. Complicado detectarlo porque es parte de nuestra cultura y si no se realiza un ejercicio consciente o se aprende a “desaprender” dichas creencias o modus operandi, los seguiremos reproduciendo. Encontrar rasgos de estos ecos patriarcales causa ruido e incomoda frente a quienes sabemos que, en el caso de las amigas, ellas son quienes nos han sostenido y animado, incluso, a superarnos a nosotras mismas.
Escribir sobre las amigas es un ejercicio de gratitud. Definirlas a todas es difícil. Nuestra heterogeneidad nos ayuda a ser tolerantes y a aceptar las diferencias que son comunes entre los seres humanos, pero la sintonía ocurre. Así, de repente. Hay un momento en que no sabemos cómo o por qué las filiaciones se vuelven sostenibles y difíciles de romper. La frecuencia, el diálogo, nuestros propios espacios de trabajo son sitios de convivencia en los que construimos cercanía y una familiaridad singular. Hay que decirlo y sostenerlo, porque convivimos en una sociedad en donde impera el individualismo y en donde la sospecha frente al otro interfiere en la construcción de un frente común y colectivo. Cuántas veces se ha creído que un interés genuino va enmascarado de conveniencia, que detrás de cada gesto hay un propósito oculto o la intención de sacar provecho.
La vida profesional ha convertido a las colegas en amigas. Intuyo que el día a día afina los vínculos: surge la camaradería, los descubrimientos de las afinidades y se trazan ideales en común. En una conversación, una de mis compañeras afirmaba que “las mujeres lo podemos todo” y que “tenemos una fuerza acaparadora que no entendemos de dónde la sacamos”. Se generaliza, pero según mi experiencia, tiene razón. Las mujeres que quiero y admiro lo han podido todo. Las amigas también son una muestra de ello.
Hace poco leí una entrevista a la escritora española Nuria Labari, quien publicó el libro La amiga que me dejó. Anatomía de una ruptura, un libro que nace de la experiencia de la autora con la ruptura de una amistad, un tema poco explorado y diría yo, invisibilizado. Lo que destaco son sus ideas, pues propone tener en cuenta un modelo social en donde las amistades entre amigas no estén por debajo de las relaciones de pareja o familiares: “Esto implica revisar un montón de cosas… Quizás menos binario, más abierto, más colaborativo, más muchas cosas. Incluso a un nuevo modelo no ya de familia, pero sí de vínculo y, por lo tanto, también de sostén de nosotras mismas”.
Las amigas invisibles están. Nos sostienen y, sin saberlo, cumplen con ofrecernos una cara más amable de la vida, lejos de las múltiples caras de las violencias, las pérdidas y las decepciones cotidianas. Y ellas, sin saberlo, nos revolucionan desde los afectos. (O)










