Como cada fin de año, viajamos a Salinas. Nos recibió amplia, azul, limpia, generosa.
—La veo linda, está muy limpia —dijo la dueña de casa.
—Claro, es que el alcalde parece que se va a lanzar a la reelección —aclaró algún aguafiestas.
A mí solo me importó encontrarla amplia, azul, limpia, generosa, linda. Fui a la playa con mi sobrino nieto; nos bañamos, nos asoleamos, nos divertimos sin saber que sería el último día, porque la alegría del pobre dura poco y una cascada de gente nos cayó encima desde el día siguiente.
Llegó la mugre, llegó el ruido, la estrechez, el desorden, el caos incontrolable e incontrolado. Llegó también la euforia y ese caos que supongo se considera felicidad. La llegada masiva de turistas se sintió como una invasión. Yo intentaba reconocerme en ellos, saludar, sonreír, pero ¿qué cara pone una veterana como yo ante el parlante con reguetón a todo volumen instalado en su vereda?; ¿qué cara una vieja como yo ante el vecino de enfrente que canta en su destemplado karaoke durante 5 días y 5 noches?; ¿qué le dice una viejecita con tinnitus como yo al niño, hijo del mismo vecino, cuyos padres le regalaron por Navidad un cuadrón sin escape?
Mirar la vida desde la ventana es muy fácil. Emitir comentarios pequeñoburgueses, facilísimo. Pero ponerse en los zapatos del otro, de aquel que no tiene una casa propia adonde llegar, o no tiene una amable invitación, ni una ventana desde donde mirar, es un ejercicio al que rara vez nos sometemos.
Más allá de la queja cómoda y deliciosa, más allá de la crítica a veces mordaz, a veces racista, siempre inapropiada, creo que debemos pensar: ¿qué hacemos los que sí tenemos una ventana desde donde mirar? ¿Qué hace la empresa privada que en estos días no deja de escuchar el “cachín cachín” de su caja? ¿Qué hacen las autoridades de la pequeña playa y sus habitantes para evitar la mugre, el ruido, la estrechez, el desorden, el caos incontrolable, la euforia descontrolada?
No creo que sea mucho pedir que el rico café que anuncia en grandes boyas su nombre, los fabricantes de gaseosas y cerveza, los supermercados y bancos pongan carteles para enseñarnos a los turistas a ser limpios y respetuosos. En lugar de campañas políticas, la Alcaldía podría colocar basureros donde echar las botellas, las tarrinas, ¡los pañales!; facilitar duchas y baños, porque si no hay dónde…, no hay dónde. A Salinas le urge una infraestructura mínima.
Finalmente, los nativos y habitantes deben imponer respeto. Decir NO con letras grandes al ruido, al abuso, al caos. Es verdad que para muchos esta “época de temporada” significa el ingreso del año entero, pero sin orden no hay paraíso. Y no se trata de huir al norte a urbanizaciones cerradas; se trata de crear comunidad. No es cuestión de decir “Esto es tuyo”, así, gratuitamente, sino de hacer que los bañistas nos apropiemos del lugar para cuidarlo, respetarlo y vivirlo en paz.
El último día caminé por la playa vacía. Vi cómo el mar, generoso e impotente a pesar de su enormidad, engullía la basura ciudadana. Muriendo de a poco seguía impasible, tal vez pidiendo cuidado. Aunque hermoso y azul, lo vi triste. (O)








