Vaya ironía. Como algunos han observado, resulta que el Estado ecuatoriano está procurando en estos días que empresas privadas de Colombia le vendan energía, en vista de que acá a los empresarios privados se les tiene prácticamente prohibido que generen electricidad por estar esta actividad reservada exclusivamente al Estado.
Pero la ironía no termina allí. Todo esto ocurre en tiempos en que Colombia es gobernada por una administración de corte socialista, mientras que en el Ecuador nos gobierna una administración de corte más bien liberal. Ni en sus peores desvaríos al señor Gustavo Petro se le ha ocurrido desmontar el régimen eléctrico que heredó para adoptar uno igual al que tenemos en el Ecuador y que es casi igual al de Cuba y Venezuela. Y todo esto nos sucede debido a que nuestra Constitución concentra en manos del Estado la gestión de todas las fases de la industria eléctrica, permitiéndole al sector privado que lo haga pero solo de manera excepcional y extremadamente limitada.
Los huevos en distintas canastas
Es curioso y hasta ridículo que a este monopolio estatal se lo justifique diciendo que gracias a él está garantizada lo que algunos han dado en llamar pomposamente la “soberanía energética”. ¿Puede alguien en sus cabales pensar que la soberanía de una nación como Colombia ha sido mancillada o ultrajada por el hecho de tener un sistema eléctrico que permite a las empresas privadas invertir en él? ¿Está en riesgo acaso la soberanía colombiana por tener un sistema en el que compiten empresas públicas y privadas con base en un mercado libre bajo la regulación de entes independientes? A nadie se le ha ocurrido en Perú o Chile decir que sus Estados han perdido su soberanía por el hecho de permitir libre competencia en materia de generación eléctrica. ¿Quién puede dudar de que con su régimen de mercado eléctrico, Colombia tiene asegurada su “soberanía energética”, mientras que el Ecuador carece de dicha “soberanía” gracias a su sistema estatista? Tan garantizada está nuestra soberanía con nuestro modelo estatista que hemos terminado dependiendo de las empresas privadas de otras naciones. Parecería que la soberanía que tenemos es la de vivir en tinieblas. ¿Podrá sobrevivir una nación sin electricidad en un escenario internacional de grandes conflictos?
Nadie niega la importancia que tiene el sector energético en la economía de un país. Si quieren llamarlo “estratégico”, un término de origen militar, pues llámenlo así. Pero precisamente por eso, por ser un sector relevante para la seguridad y progreso de una nación, y que demanda de ingentes capitales, avanzadas tecnologías y sofisticadas regulaciones, por esas razones es que resulta realmente una barbaridad que el Estado sea su principal o, peor aún, su único actor. Pero no solamente eso, sino que semejante insensatez, como he dicho, ha sido plasmada nada menos que en la Constitución. De esta manera, se les ha impuesto una camisa de fuerza a los gobiernos que les impide manejar crisis como la que estamos sufriendo. El que un sector sea “estratégico” no significa que deba ser un monopolio estatal. Lo que debe importar es que sea eficiente y confiable. Lo que hoy existe no es ni lo uno ni lo otro. Así lo han entendido nuestros vecinos de los que ahora dependemos.
Una vez más, la Constitución de Montecristi debe eliminarse. (O)