Que hoy la única ideología es el poder lo estamos diciendo unos cuantos y hace tiempo. La democracia ha sido parasitada por bandidos que han aprendido a usarla para fregarse en la democracia. Lo hacen para llegar al gobierno, porque es el acceso más rápido e impune a las riquezas de los Estados. Las izquierdas no predican honestidad, pero tampoco han conseguido demostrar que les importa el pueblo, y las derechas no han demostrado que son tan honestas como predican.

La historia del derecho es la historia de los intentos de arreglar estos abusos, que ocurren desde la época de Adán y Eva. Llamamos Querella de las Investiduras a la pelea que empezó en el siglo XI por el poder entre la Iglesia y el Imperio. ¿Quién tiene más poder? ¿Quién nombra y corona a reyes y emperadores? ¿Quién elige o veta al papa y a los obispos? ¿De quién son los monasterios? ¿Quién construye las catedrales? ¿Quién dirige las cruzadas? Se arregló del todo recién en el siglo pasado, cuando se separó a la Iglesia de cualquier poder temporal.

Hoy nos podríamos preguntar cosas parecidas sobre el poder, pero me alcanza con una sola: ¿Quién manda más: Donald Trump, Elon Musk o Gianni Infantino? En un tiempo se decía que la prensa era el cuarto poder: una metáfora desgraciada que volvió insoportables a algunos periodistas. Hoy el primer poder es el fútbol, el segundo es Meta y el tercero está disputado entre YouTube y Netflix. Mientras los políticos tratan a toda costa de hacerse selfis con Messi, el periodismo apenas consigue parar las antenas como las hormigas para saber qué ocurre en el mundo de los humanos.

Esto pasa en Occidente, pero no es distinto el Cercano Oriente, donde unos mulás han rebajado el islam a una ideología política sanguinaria. Mandan más Hamás, Hezbolá o los hutíes que quienes gobiernan Palestina, el Líbano o Yemen. Y en cada país de nuestra América pasa tres cuartos de lo mismo: tenemos que agradecer a los Musk, los Altman y los Bezos locales, que para proteger sus negocios nos salvan de los chiflados o de los bandidos que llegan al poder. A pesar de que nadie los eligió, ese poder ha salvado más nuestras democracias que los gobernantes, que parecen elegidos por el pueblo pero no sabemos a ciencia cierta cómo fue que pasó.

Es la nueva Edad Media que anunció Alain Minc en 1993. Hace mil años mandaba más un alcalde que el rey, más el mayordomo que el emperador, más el maestre del Temple que el papa de Roma. Mientras nos peleamos por el petróleo como los cruzados en Tierra Santa, hoy Europa está llena de musulmanes que pueden quedarse con todo, y no los para ninguna frontera porque ya no hay. Estados Unidos reclama desde Groenlandia hasta Venezuela, pasando por Cuba y Colombia; Rusia demuestra que ni siquiera puede ganarle a Ucrania y China mira paciente cómo el resto del mundo tropieza en la piedra de sus propios errores.

Está claro que nuestras democracias necesitan un restyling profundo para dejar de ser presas de los bandidos que acechan el castillo. Ya es tiempo de ponernos a trabajar para arreglar todo esto, eso si no preferimos pedir asilo en el monasterio más cercano. (O)