Encontré una rama extenuada, con una raíz casi seca. Aquí la llaman espada de San Jorge. No parecía querer vivir. La sembré. Le costó. Durante semanas pareció no pasar nada. Pero, en silencio, algo estaba ocurriendo.
Un día arrancó. La puse en una maceta. Sus hojas siempre me han desconcertado: duras, casi enceradas.
Me cuesta imaginar que respiran, que tienen poros, que intercambian con el mundo. Y, sin embargo, lo hacen. Dicen que incluso oxigena en la noche, cuando otras plantas descansan. Como si trabajara en lo invisible.
Creció. La pusimos en un lugar de honor, la puerta de entrada a la casa. Todos los días, desde mi atalaya en el sofá, la observaba, como observo los mangles que mueven sus ramas a ritmos diferentes: unos hacia la izquierda, otros hacia la derecha.
Un día la maceta pareció ensancharse en la mitad, y por una hendija asomó un brote, como si preguntara: ¿salgo o me quedo? Tomó fuerzas y ya se ha transformado en una planta hija, llena de vigor. Y se insinúan otras grietas donde la vida sigue presionando, como si no pudiera detenerse.
Entre sus hojas han aparecido unas varitas inesperadas, llenas de flores blancas. Del corazón duro, casi inexpresivo, surge la delicadeza. Y me parece extraordinario.
Porque ahí hay una verdad que no había visto: la vida no viene de fuera. El agua, el sol, el cuidado… todo eso ayuda, sostiene, incuba. Pero el impulso, el misterio, la fuerza, están dentro. Es desde ahí que algo comienza, crece, insiste… hasta transformar su propio límite. La semilla lleva en sí todas las posibilidades. La ciencia ha descubierto algunas con cientos de años que han germinado y florecido.
La maceta está preñada. No es la planta la que está contenida. Es la maceta la que ya no puede contener lo que vive.
Y pienso en nuestro mundo. En tantos lugares donde lo que se siembra es muerte. Donde la violencia, el miedo o el odio ocupan el espacio visible. Donde todo parece endurecerse, como esas hojas que engañan al tacto.
Pero la vida no siempre se anuncia.
A veces trabaja en silencio.
A veces crece en la noche.
A veces parece ausente… hasta que emerge.
Quizás también ahí, incluso ahí, algo está germinando desde dentro. Algo que no depende solo de las condiciones externas, sino de una fuerza más honda, más obstinada. Las guerras actuales son una blasfemia. La guerra, espectáculo. Países destruidos, cientos de miles de muertos…
Celebramos la Semana Santa. Donde, como dice una bella canción, el amor se hizo cruz, la muerte se hizo luz.
Con Jesús, la muerte no fue el final. Fue atravesada desde dentro. Lo que parecía cerrado, se abrió. Lo que parecía oscuro, dio paso a la luz. No como un gesto externo, sino como una transformación radical del corazón de la realidad.
La vida resucitó desde dentro. El amor hizo su trabajo invisible… hasta que ya no pudo ser contenido.
Tal vez de eso se trata. De cuidar, de regar, de acompañar… pero sobre todo de confiar en esa fuerza interior que no vemos del todo, que sostiene, mantiene y transforma.
El amor.
Esa fuerza que crece en lo invisible… hasta que rompe la forma que la contiene. (O)









