La ciencia moderna no deja duda alguna de que los animales son seres sintientes, capaces de sentir dolor, angustia y sufrimiento. Hoy en día es imposible tener la ingenuidad que tuvieron, por ejemplo, los estudiantes de Descartes, quienes creyendo que los animales no tenían conciencia porque no tenían un “alma”, abrían los cuerpos de perros todavía vivos para explorar sus órganos, convencidos de que los aullidos del animal eran solamente un reflejo mecánico. El chillido de un perro, afirmaba Descartes, no era distinto del chirrido que produce un engranaje al que le falta aceite.
Esta visión reduccionista de los animales como “máquinas” sin sensibilidad ni conciencia fue desechada con los avances en biología y ciencias cognitivas. La teoría de Darwin, que postula el origen común de todos los seres vivos, eliminó la posibilidad de concebir a los animales como entidades totalmente separadas de nosotros. Por su parte, la neurociencia ha demostrado que las sensaciones subjetivas que experimentamos, como el dolor, la preocupación y el miedo, son el resultado de procesos químicos en nuestros cerebros, similares a los que ocurren en los cerebros de otros animales.
Es por eso que hoy en día, los vientos filosóficos soplan a favor de la visión utilitaria de Jeremy Bentham, quien en 1789 en sus Principios de la moral y la legislación articuló el principio fundamental en el que se basa el movimiento animalista: “El color de la piel no es motivo para abandonar a un ser humano al capricho de un torturador. El número de patas, la vellosidad de la piel o la presencia de una cola son razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensible al mismo destino. (...) La pregunta no es si pueden razonar o hablar, sino si pueden sufrir. ¿Por qué la ley debería negar su protección a cualquier ser sensible? Llegará el momento en que la humanidad extenderá su manto sobre todo lo que respira”.
En 2022 Ecuador se convirtió en uno de los primeros países en reconocer a los animales como sujetos de derecho mediante la Sentencia n.º 253-20-JH/22, la cual resolvió el caso de una mona chorongo que había vivido en cautiverio durante 18 años. Esta decisión no solo afirmó los derechos animales, sino que también ordenó a la Asamblea Nacional elaborar una ley para materializar estos derechos. En cumplimiento con esta directriz, la Asamblea Nacional actualmente está evaluando el proyecto de Ley Orgánica para la Protección, Promoción y Defensa de los Derechos de los Animales, conocido como Ley Orgánica Animal (LOA). Este proyecto busca asegurar que todos los animales, sean domésticos, silvestres, destinados al consumo, a la experimentación o al servicio, gocen de ciertos derechos básicos relacionados con su bienestar.
Aunque algunos aspectos más extremos de este proyecto de ley, como la prohibición de exhibir carne en vitrinas, han recibido críticas justificadas por parte de la ciudadanía, este representa un avance en la dirección correcta. El reconocimiento de que todos los seres sintientes merecen ser tratados con respeto es un indicio de progreso de nuestra civilización. (O)