Esta semana en Argentina arrestaron a alias Paraguaya, microtraficante que tenía como mascota una loba blanca. Es curioso este gusto de los narcos de todo nivel por los animales exóticos, que llegó al extremo con Pablo Escobar, poseedor de un gran parque zoológico en el que había cerca de mil especies de animales, incluso grandes bestias, como elefantes, jirafas, rinocerontes e hipopótamos. En parte esa afición se explica por la relación entre los contrabandistas de drogas y los de especies protegidas, que comparten rutas, métodos, complicidades y espacios sociales. Además, existe una tendencia morbosa en este tipo de posesión, mezcla de pretensión, sadismo y violencia.

Y esta semana justamente, son noticia los 80 hipopótamos que vagan sin control por llanuras y ríos colombianos. Descienden de los que medraban en el zoo de Escobar. Los ejemplares de esta especie son seres poderosos, llegan a pesar hasta tres toneladas, tienen mandíbulas y colmillos que pueden partir en dos pedazos a una persona adulta. Durante el día viven en grandes charcas y embalses naturales, pero no se alimentan en el agua, sino que salen a comer hierba de pastizales tierra adentro normalmente en las noches. Son particularmente agresivos cuando sienten que alguien o algo se interpone entre ellos y su refugio acuático. En África, continente del cual provienen, causan alrededor de mil muertes al año. Por fortuna, en Colombia todavía no han causado ninguna fatalidad humana.

Originalmente el capo tenía un macho y tres hembras, de los cuales proviene toda la población actual, esto hace que necesariamente tengan una genética pobre, que favorece malformaciones y enfermedades congénitas. Ya se han detectado tales problemas en este grupo. Las zonas en que se asientan estos gigantes dejan de ser utilizables para actividades productivas y quedan ecológicamente alteradas con daño para las especies autóctonas. Esto es un desastre por donde se lo mire: costo económico, destrozo ambiental y amenaza física a las personas. Recientemente el gobierno colombiano ofreció donarlos a quien quiera hacerse cargo de estos infelices animales, pero el eco a la propuesta ha sido nulo. Para detener esta invasión de fauna exótica, la solución es dolorosa pero sencilla, su eliminación sin sufrimientos innecesarios. Pero esta posibilidad racional y compasiva ha despertado la algarabía de los animalistas, la vertiente más fanática, vocinglera y desinformada del wokismo, que no entienden cómo funciona la naturaleza y pretenden vivir en un imposible mundo sin muerte, superpoblado por mascotas de tres mil kilos.

Comencé este artículo por el título, algo que no siempre es posible. Me gustó esa sola palabra escueta, que remeda a Rinoceronte, una obra de Eugène Ionesco, maestro del teatro del absurdo, que trata de un pueblo en el que todos, salvo un alcohólico, se transforman en rinocerontes. Me parece que las más atrevidas fantasías de la dramaturgia de vanguardia son superadas por la historia de los hipopótamos del Magdalena, en la que convergen crimen, extravagancia, desidia, crueldad, ignorancia... alucinógenos tóxicos como ingredientes de una tragicomedia tropical. (O)