La sinuosa y recién inaugurada carretera a Santo Domingo de los Colorados nos mareó, nos agotó. Si bien el paisaje cambiaba y el calor y la humedad avanzaban sin piedad, yo me negué a quitarme el suéter. Mamá insistía en que la muerte por deshidratación me esperaba indefectible, pero papá me daba gusto hasta en lo más absurdo: Ya se lo quitará, repetía imperturbable.

El viaje fue eterno. Todo me parecía horrible. Ni las matas de café, banano o cacao me interesaban, yo solo quería salir de ese infierno.

Llegamos a una pequeña ciudad con tren y de pronto, sin bajarnos del pequeño Volkswagen Escarabajo, subimos a una enorme tabla que se empezó a mover en forma extraña. Era la gabarra que nos cruzaba de Durán a Guayaquil.

El poder de la lectura

Sin decir palabra y con su habitual dulzura papá me sacó del carro, me paró frente a una barandilla y lentamente me quitó el suéter. Un viento fresco me pegó de frente, un viento delicado me refrescó, un viento delicioso con olor a río me volvió a la vida.

La sensación de ese momento fue la misma que Marcel Proust sintió cuando se acercó a la boca la cuchara de té con un pedacito de magdalena: “Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba”. La vieja casona de Horacio Feraud nos recibió en pleno centro de Guayaquil, recuerdo la algarabía de la calle, recuerdo su olor a café, recuerdo el cielo grisáceo que yo miraba desde una hamaca que colgaba en un amplio balcón y donde yo, con la cabeza en el pecho de este abuelo recién encontrado, tomaba el biberón.

Mamá, costurera habilidosa, no de profesión sino de afición, arrasó con las telas de todos los almacenes de la cuadra, arrasó con todos los botones, encajes y grecas que encontró a su paso. A mí siempre me agobiaron los almacenes, pero aquel con gradas eléctricas y banana split ¡era otro nivel! El placer era comparable únicamente al que me provocaron los raspados de hielo sabor a fresa, en alguna ruidosa esquina.

Pero Guayaquil no se acababa ahí. Seguíamos descubriéndola. Escoltados por la policía llegamos hasta Urdesa a la casa de Rosita Feraud y el Mono Dávila, entrañables amigos de mis padres. Escoltados porque papá se metió en contravía ¡en plena Víctor Emilio Estrada! Por suerte, el argumento del Mono fue rotundo: “Oiga, jefe, perdónelo, mi doctor Marquito es de Latacunga”. No hubo multas ni amonestaciones y para pasar el susto una deliciosa y fría bebida nos esperaba: ¡era quáker con naranjilla!

Como si esto fuera poco, mi hermana Pati se casó con un guayaco y allá se fue. Y me regaló dos sobrinos y me regaló un sobrino nieto.

En muchos años de libros y encuentros he conocido gente maravillosa que me ha abierto sus casas, que ha compartido sus historias, que me ha abrazado y aún me abraza. Es que Guayaquil para mí es eso: un abrazo, un encebollado, un río, una cerveza bien fría, pero sobre todo un viento fresco que pega de frente, un viento delicado que refresca, un viento delicioso que me vuelve a la vida. (O)