¿Quiere el Gobierno hacer algo pragmático y concreto para la cultura ecuatoriana? Eliminen el impuesto a la importación de papel. Mientras que los libros están exentos de impuestos (otra cosa es que ciertas librerías eleven excesivamente los precios de venta al público), resulta que el papel, materia fundamental para los editores ecuatorianos, paga impuestos por ser importado desde distintas partes del mundo. Hoy en día la oferta de papel desde Brasil y China ha reconfigurado el mapa de la producción editorial, pero nuestra política arancelaria sigue anclada en una miopía estructural que castiga a quienes intentan producir cultura desde adentro. Para entender la gravedad de este despropósito es necesario mirar el andamiaje del mercado global, el cual enfrenta una transición estructural evidente: mientras la demanda de papel gráfico en Norteamérica y Europa disminuye gradualmente, Asia y América Latina muestran comportamientos de consumo y producción muy específicos. La producción de papel para imprenta y escritura, ya sea estucado o no estucado, está fuertemente concentrada en potencias industriales y países con vastos recursos forestales. China, por ejemplo, es el mayor productor mundial indiscutible, basando su dominio en la importación masiva de celulosa y papel recuperado, transformándolos en papel de imprenta para el mercado interno y la exportación internacional. A pesar de la vasta distancia logística que nos separa, la agresiva competitividad en precios de las fábricas chinas ha convertido a este país en un proveedor fundamental de bobinas de papel de imprenta y resmas para América Latina. Pero miremos más de cerca nuestra región, que posee una dinámica particular: tiene grandes reservas forestales, pero depende irremediablemente de las importaciones de papel gráfico especializado. Nuestro vecino Brasil es una potencia ineludible y tiene la hegemonía regional. Es el mayor productor y exportador mundial de celulosa de eucalipto, una fibra corta que resulta ideal para el papel de impresión y escritura, transformando gran parte de esta materia prima en papel terminado. Corporaciones brasileñas, como Suzano, abastecen a la inmensa mayoría de los países de América Latina con papel bond, offset y cartulinas.
Sería ideal contar con una producción propia de papel. Solo que no es tarea fácil ni inmediata. Se necesita una planificación estatal que requiere décadas de cultivo y una educación ecológica para una reposición sistemática de bosques, evitando el deterioro ambiental que puede acarrear. Brasil está sufriendo la deforestación, mientras que países como Finlandia aplican un cuidadoso proceso de reforestación para no generar riesgos ecológicos. A pesar de la exaltación de la cultura digital, el papel sigue siendo un soporte indispensable para lograr una mayor calidad de lectura y una mayor fijación en la experiencia educativa sobre el lenguaje escrito. Seguiremos necesitando el papel y todas las ventajas que implica, desde el archivo hasta la ergonomía de disfrute del libro. Son precisamente los niños, los lectores de literatura infantil y juvenil, los que han demostrado que no pueden reemplazarse estos libros por pantallas, lo cual ha permitido que esta línea editorial sea una de las más vigorosas en Ecuador. Pero no hay que abandonar a esos lectores cuando crezcan, por lo que son las editoriales de literatura para adultos las que necesitan este apoyo.
En el comercio internacional es vital distinguir entre el papel como materia prima en bobinas o resmas y el producto editorial terminado. Ecuador, al igual que más de cien países, es signatario del Acuerdo de Florencia, impulsado por la Unesco. Este tratado elimina por completo los aranceles aduaneros para la importación de libros, publicaciones y documentos de carácter educativo, científico y cultural. Gracias a esto, en la inmensa mayoría del globo occidental, los libros de imprenta no pagan impuestos de importación para fomentar la libre circulación del conocimiento. Para el mercado de libros impresos y publicaciones importamos principalmente desde Reino Unido, Colombia, España, Estados Unidos y China sin mayores trabas fiscales. España y Colombia, de hecho, operan como los grandes maquiladores y proveedores de libros en español para nuestras editoriales y el sistema educativo ecuatoriano. Pero ¿qué sucede cuando un editor independiente, inmerso en la aventura de transformar un manuscrito en un objeto cultural, decide imprimir su catálogo en suelo ecuatoriano? Se estrella contra el muro de la Aduana. El mercado ecuatoriano es netamente importador de sustratos gráficos, ya que la escasa producción nacional está enfocada mayoritariamente en papel higiénico y cartón corrugado destinado a empaques para la exportación de banano y camarón. No fabricamos el soporte de nuestros libros.
Es incomprensible que el aparato estatal mantenga esta ceguera. Naciones con visión estratégica aplican una tasa base del 0 % a las importaciones de papel. El mundo avanza en la optimización de la imprenta, mientras aquí se cobra peaje al papel. Gravar el sustrato sobre el cual se asienta el pensamiento es un fallo sistémico. Si el Gobierno desea construir una política pública auténtica que fomente la bibliodiversidad, debe soltar el lastre fiscal. Eliminar el impuesto al papel importado no es una concesión a los importadores; es el paso fundacional para que la literatura nacional deje de ser un acto de heroísmo financiero y comience a ser una industria posible. Si realmente queremos un país que se enriquezca con las voces de su cultura escrita, debemos dejar de ponerles peajes burocráticos. La invisibilidad en cuestiones de cultura se termina pagando con la indiferencia de fondo. ¿Es posible sostener una cultura literaria con estos obstáculos? En su novela Las ilusiones perdidas, Balzac advertía que la literatura está indisolublemente atada a sus costos materiales. Mientras el joven poeta Lucien de Rubempré busca la gloria en París, su cuñado, el impresor David Séchard, arruina su vida en provincias intentando inventar un papel más económico que libere a las letras de la tiranía financiera. Para que existan editoriales ecuatorianas vigorosas, capaces de asumir el riesgo estético de nuevos autores y de competir con la marea de libros que nos llega del extranjero, el Gobierno debe actuar eliminando el impuesto a la importación de papel para las editoriales e imprentas ecuatorianas. (O)













