Abril es el mes de preparación y de dudas. Los jóvenes bachilleres tienen que elegir su futuro. Los consejos abundan.
Ha llegado el momento de la decisión que los acompañará toda la vida y las opiniones de familiares y amigos se expresan con soltura. No siempre el propósito del joven bachiller coincide con el de las personas mayores que los rodean.
Es común que se espere que siga la tradición familiar. Si el padre y el abuelo son médicos, los padres esperan que el hijo también lo sea, si son abogados o ingenieros, allá deben ir. Sin embargo, también es común que los recién graduados tengan otras metas y que estén confundidos sin saber qué rumbo tomar.
Es el momento de tomar en cuenta la vocación, palabra que viene del latín vocationes, que es llamar o invocar. Es el llamado interior que todos los seres humanos recibimos para desarrollar nuestras propias potencialidades, lo que nos ayuda para decidirnos por una profesión, oficio o actividad. Sin embargo, hay que tener en cuenta que para desempeñarnos exitosamente en una tarea, necesitamos que nuestros intereses coincidan con nuestras aptitudes.
Es posible que a alguien le interese mucho lo relacionado con la ópera, pero no puede emitir ni una sola nota y, al contrario, puede ocurrir que ese alguien sea un muy buen barítono o una gran soprano, pero no le interese. O que sueñe con ser un gran futbolista, pero ni en todos sus juegos ha logrado un gol. Por eso, se considera que el futuro de un joven recién graduado requiere que sus intereses coincidan con sus aptitudes.
En esos momentos se tiende a pensar que el papel de los padres es resolver a qué se debe dedicar su hijo. Algunos ya le tienen listo el estudio donde atenderán a sus clientes o han movido cielo y tierra para conseguirle el mejor consultorio, y resulta que el joven quiere ser buzo.
Asistí a un acto de incorporación de los nuevos médicos, me llamó la atención la presencia de un joven,
llamémoslo Alberto. Empezó la entrega de preseas y distinciones: premio a la mejor tesis, Alberto; al mejor promedio en la carrera, Alberto, en fin, todos los premios fueron para Alberto.
Al día siguiente apareció en mi oficina a preguntar si la Universidad tenía algún contacto para que los graduados puedan ir a estudiar en el exterior, le dije que sí y le pregunté qué especialidad había escogido; me respondió que periodismo. Yo pensé
que lo había confundido; me dijo que no, que él mismo era. Me sorprendí, él se dio cuenta y me explicó: Sí, soy yo, ya soy médico, puedo mostrar el título, pero no voy a ejercer. Querían que sea médico, ya lo soy; ahora voy a dedicarme a lo que quiero que sea mi carrera en la vida.
Conozco casos en que la presión los llevó a ejercer para siempre algo que no les interesaba y sé también que no los hizo felices.
Amigos lectores, es posible que ustedes estén pensando que este es un tema sin importancia. Sin embargo, no lo es, porque sus protagonistas no serán felices y porque eso no los hará excelentes en su tarea, lo que afectará a muchas personas. (O)










