En la foto mi abuelo sostiene la quijada de mi abuela, intenta levantar la cara agachada. Él sonríe, ella tiene los ojos cerrados y los brazos cruzados, tensos. ¿Está muerta? No, simplemente mi abuela Judith Rivadeneira odiaba que le tomaran fotos. –Salgo fea, decía.–

Delante de una vieja casa en Quevedo, en la que recuerdo que dormíamos bajo toldos porque había mosquitos y murciélagos, estamos todos de pie, todos sonríen a la cámara excepto yo: estoy de espaldas. Diminuta, pero de espaldas; diminuta, pero negándome a salir en la foto; diminuta, pero tal vez con el mismo temor de mi abuela: salir fea en la foto. Tal vez con el mismo temor de Aureliano Buendía: que el daguerrotipo atrapara mi alma en la foto.

Sin temor de envejecer

Horror en Amityville

Siempre me gustó ver fotos, aunque no conociera el paisaje, aunque no conociera a las personas que en ellas posan. Amé la novela Olvido del escritor ecuatoriano Santiago Páez, en la que una fotografía hila toda la trama. Amo los libros de fotografía, las exposiciones, amo las fotos que me toman, aunque salgo horrible (bueno, cada uno sale como puede). Y es que las imágenes congeladas en el tiempo sí atrapan el alma de las personas, de las cosas, de los paisajes, pero no las roban, las eternizan.

“Transitar los caminos de un país de naturaleza tan prodigiosa ha sido mi razón de ser. Con mi cámara he buscado imágenes que capten ese palpitar que provoca la luz cuando se posa sobre una piedra, el agua, un fragmento de glaciar o en una pequeñísima planta casi insignificante por estar a la altura de mis pies. He pasado más de cuatro décadas persiguiendo la belleza de la naturaleza, inmersa en espacios de gran fuerza creativa que me han llevado a una comprensión intuitiva de la misma”, escribe Marcela García en el prólogo su libro Transitar.

Un bellísimo libro que empezó a gestarse en la pandemia gracias a la intención de la autora de poner en orden su archivo fotográfico. Imagino que mientras el mundo vivía el encierro decretado debido al peligro de contagio y muerte del virus COVID-19, Marcela, con la tenacidad de una hormiga, hurgaba, buscaba, se zambullía en sus fotos y en su historia; en sus fotos y en sus recuerdos; en sus fotos y en su vida. Porque solo así, rodeada de recuerdos, de evocaciones y de un trabajo minucioso y ordenado, se podía concebir y lograr un libro como Transitar.

Pienso, o quiero pensar, que mientras la cuarentena nos tenía a algunos llorando el dolor de otros y a la vez leyendo un montón; a otros sumidos en la ansiedad del encierro; a los impresentables de siempre viendo la manera de aprovecharse de la situación; a muchos padeciendo la enfermedad o llorando el dolor de la muerte de su gente querida, Marcela García tuvo la capacidad de llorar sola, de indignarse sola, de aprovechar ese momento y junto con Diego Jaramillo, director de la Galería Saladentro de Cuenca, concebir presentar vía Zoom un programa compuesto por doce temas al que llamaron Transitar. La idea al compartir este trabajo fotográfico fue recordar cómo era el Ecuador.

Y es que en la lente y la mirada poderosa de Marcela García solo hay cabida para la belleza de un Transitar. (O)