En nuestra era digital las plataformas como LinkedIn, Instagram y TikTok ya no solo nos conectan, sino que nos moldean. Las redes sociales ahora son vitrinas donde nos exhibimos a nosotros mismos. Esta “cultura del éxito”, que se obsesiona con presentar al mundo vidas pulidas y metas cumplidas, es profundamente problemática.
En su libro The Presentation of Self in Everyday Life, el sociólogo Erving Goffman exploró cómo los individuos actúan según un “rol” en distintos escenarios sociales. Las redes sociales, en este sentido, se erigen como escenarios permanentes: cada post y cada historia se convierte en una actuación cuidadosamente pensada y planeada. La línea entre lo falso y lo auténtico desaparece. La vida misma se convierte en un producto que se vende como cualquier mercancía.
Varias investigaciones respaldan el impacto negativo de esta cultura. Varios son los estudios que han encontrado que el uso intensivo de Instagram está correlacionado con una mayor insatisfacción corporal y comparaciones sociales perjudiciales, especialmente entre niñas y mujeres. Un estudio de la Universidad de Pensilvania (2020) mostró que reducir el tiempo en redes disminuye significativamente sentimientos de depresión y soledad. Estos datos plantean una pregunta incómoda: ¿cuál es el verdadero precio del “éxito” que vemos en las redes sociales?
En LinkedIn, la problemática toma una forma profesional. Las publicaciones de “logros” generan lo que se ha llamado “competencia performativa”, una carrera sin meta más allá de la validación externa. Esta lógica exacerbada del rendimiento remite a lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han describe en La sociedad del cansancio: una sociedad que autoexige sin descanso, donde el individuo ya no es presionado por el “otro”, sino por sí mismo. El resultado: agotamiento, ansiedad y un sentido de valía ligado a lo que se muestra.
Instagram y TikTok replican este patrón en el terreno personal. Las vidas perfectas generan lo que psicólogos como León Festinger llaman la comparación social, un mecanismo por el cual nos evaluamos con base en los demás. En un entorno donde siempre parece haber alguien más exitoso, productivo o feliz, la comparación se vuelve un veneno lento que erosiona la autoestima, alimenta la envidia y oculta complejidades y contradicciones reales de la vida humana.
Este fenómeno no puede atribuirse únicamente a los algoritmos o a las corporaciones tecnológicas (aunque mucho de eso hay). También somos responsables como usuarios. Cada like, cada reenvío y cada comentario refuerza narrativas que celebran un mundo de papel y plástico que poco a poco va desplazando el complejo mundo de la carne y el espíritu.
¿Cómo romper el ciclo? Una primera respuesta es cultivar una presencia digital más honesta: menos postureo, más contexto. Reconocer que la vida humana no es una secuencia de publicaciones y de logros, sino una experiencia compleja, con tropiezos, aprendizajes, contradicciones y silencios. Recuperar la libertad implica desprenderse de la ilusión de que exhibir el éxito es lo que nos hace exitosos y aprender que se puede vivir sin ayuda de los filtros. (O)










