Cómo nos definimos, con qué nos identificamos y a qué no estamos dispuestos a renunciar son aspectos a los que podemos aferrarnos en una crisis. Quienes vivieron en 1995 recordarán que gobernaba Sixto Durán-Ballén y atravesamos por una crisis energética y un conflicto armado con Perú.

Entre las medidas que implementó el gobierno de aquel momento fue decretar el cambio en la hora de ingreso al trabajo; todavía recuerdo las madrugadas atravesando Quito y para llegar a mi oficina. En esos tiempos, al igual que hoy, nos identificamos como un pueblo trabajador y por ello, miles armaron maletas y emprendieron una migración que los llevó lejos; otros, aprovecharon la crisis para vender generadores eléctricos y ofrecer formas de iluminación. Y otros nos quedamos a afrontar lo que sea.

De esa época recuerdo la convocatoria a la unidad, como un aliciente que trajo moral a un pueblo afectado por múltiples problemas. Hemos pasado por mucho, pero somos gente que no se da por vencida. Por ejemplo: Ambato tiene una hermosa canción titulada Altivo ambateño, compuesta tras el terremoto, que entre sus líneas dice “Nunca a Ambato llegará la mala suerte… Si hemos de luchar, lucharemos con la muerte”. En Guayaquil, las notas musicales nos recuerdan que nuestra gente tiene “madera de guerrero”.

Violencia: tres miradas

Intersección estratégica

Así, en el centro de la identidad ecuatoriana está la resiliencia, la capacidad de levantarse cada día para salir adelante. Lastimosamente, algunos aprovechan la época de crisis para dividir, crear desazón entre los habitantes o simplemente echar más leña al fuego del confrontamiento social; a esos no debemos hacerles caso.

La importancia de “¿cómo nos definimos?” se estudió por diversos científicos de la conducta. Y varios coinciden en que si recordamos nuestra identidad seremos capaces de organizar las acciones. Si bien las acciones también se organizan en función a metas, eso puede ser desalentadora cuando los resultados son a largo plazo. Pero, al concentrarnos en acciones fundadas en nuestra identidad, nos alimentamos de esperanza, y nos mantendremos concentrados en nuestros propósitos.

Así, mientras esperamos que se organicen quienes administran los sistemas energéticos nacionales, nosotros, el pueblo llano, podemos refugiarnos en nuestra identidad para cuidar inversiones, ahorrar energía y preparar las viviendas para los meses que vienen, en los que tal vez tengamos que afrontar otros desafíos.

Las crisis no son necesariamente malas. Es una oportunidad para que los gobiernos locales piensen en la implementación de alternativas sostenibles. También es el tiempo adecuado para que barrios piensen en los más pequeños, cuya desconexión a servicios de internet y seguridad los ha confinado en la casa a oscuras. ¿Cuántos salones comunitarios pueden habilitarse para brindar internet y luz a quienes requieren hacer tareas o trabajos emergentes?

De ahí que recordar lo que nos define como pueblo trabajador y solidario pueda ser en estos momentos decisivo para centrarnos en las soluciones, más que en el problema, para apuntalar nuestras fuerzas y no desgastarlas en disputas sin sentido. (O)