Los convertimos en dioses porque su arte nos transporta a lugares y experiencias que parecían inaccesibles e imposibles de abarcar en una pilche vida (es tanto lo que tenemos dentro y tan poco lo que vivimos, tanto lo que deseamos y tan poco lo que logramos). Mozart, Bach, Debussy, Mendelssohn con su música, Church, Friedrich, Monet con su pintura son algunos nombres de mi altar masculino. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que nadie, ni siquiera ellos, es inmortal. Ni Mozart que murió a destiempo aunque no se resignara a partir sin legarnos el himno más bello que se haya escrito a la muerte: su Misa de réquiem en re menor. Inmortal, decimos, eterna es su belleza, pero cuando aterrizamos y confrontamos la realidad con los ojos bien abiertos no podemos negar que los huesos de este y todos los genios de la historia ya han regresado al polvo que seremos.

Es desolador aceptar la mortalidad, reconocer que incluso la gente extraordinaria perece. Quizá por eso nos fascina tanto la noticia del hallazgo y publicación de alguna obra póstuma. Por más mediocre e incompleta que fuera, nos entusiasma la posibilidad de prolongar, aunque sea artificialmente y con prótesis, la vida de los muertos añorados. Así sucedió con la novela póstuma de Gabriel García Márquez, En agosto nos vemos, cuyo quinto borrador quedó en el archivo de un escritor que solía terminar o destruir su obra, pero a quien al final de su vida se le quedó en el cajón esta historia de amor protagonizada nada menos que por una mujer llamada Ana Magdalena Bach, tal como la segunda esposa del gran compositor alemán.

Y qué decir de las obras de Franz Kafka, casi todas publicadas póstumamente por su mejor amigo, Max Brod, quien en vida no cejó en su empeño de convencer al tímido Franz de publicar sus textos. Por ello está claro que Kafka, al morir y nombrar justamente a Brod como su albacea literario, estaba decidiendo su propia publicación. Decirle al morir “quémalo todo” fue una de sus últimas bromas. Su hermana Ottla o su amada Dora Diamant las hubieran quemado si él se lo hubiera pedido, pero Kafka sabía que Max no lo haría. Otra amistad de la que surgió una deliciosa obra póstuma es la de John Lennon y Paul McCartney. El año pasado, el mundo gozó de Now and Then, que revivió la voz, la música y el hechizo de Lennon. Gracias al material de archivo y la aterradoramente milagrosa IA, Los Beatles se reunieron en un video que ya es de culto, donde los fallecidos George Harrison (2001) y John Lennon (1980) compartieron el escenario con dos genios que aún andan entre nosotros: Paul McCartney y Ringo Starr.

Retornemos al inicio: Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Su resurrección sucedió esta semana de septiembre de 2024 en Salzburgo y Leipzig, donde se tocó por primera vez su obra póstuma recién descubierta en el Archivo Musical de Leipzig. Se trata de una composición hasta ahora desconocida titulada Serenata en do mayor: pequeñísima música nocturna. Tan solo doce minutos de una obra creada por un Mozart adolescente, siete miniaturas para trío de cuerdas, pero para nosotros, meros mortales en un trance de adoración, un destello de eternidad. (O)