“Este puente se cayó, se cayó, ¡sí señores!”, es una canción infantil que nos recuerda a varias estructuras construidas y colapsadas de los últimos años. Posiblemente, el tema se olvide en pocas semanas. Sin embargo, en la ciudadanía queda ese sinsabor de ver cómo los recursos del país se hicieron literalmente agua.

Resulta importante recordar que todo proyecto tiene diferentes protagonistas, desde quienes hacen los estudios de factibilidad, hasta los que inauguran las obras con bombos y platillos. Y sería bueno conocer el nombre de las constructoras que hicieron el puente, de los ingenieros que realizaron los estudios, de los proveedores que dotaron de materiales y de quienes supervisaron los trabajos. Pues, un puente no lo hace una sola persona, sino una red de proveedores, ingenieros, y una red de instituciones que juntan voluntades y recursos.

Sociedad civil, es tu turno

Todos gobernamos

Los puentes Fabricio, en Roma, y Alcántara, en España, tienen más de 1.000 años; de la época greco-romana se puede aprender el compromiso y la excelencia en el diseño de obras que perduran. Esa pasión, compromiso y calidad es la que requiere el país para que las estructuras perduren.

Lastimosamente, las dificultades se inician en la formación superior, en la que ahora se forman muchos profesionales en menos tiempos; donde las cátedras fundamentales como Matemáticas, Escritura, Razonamiento Lógico o Cálculo dejaron de ser habilidades cognitivas, para transformarse en actividades automatizadas con el apoyo de los ordenadores.

La ciudadanía requiere una explicación sobre las infraestructuras fallidas. Una explicación que dé “cuenta y razón”, de los actos y las omisiones; pero, al mismo tiempo requiere la presencia de las universidades, las que no pueden seguir siendo un espacio a parte de los grandes problemas que afectan al Ecuador.

Y la rendición de cuentas del puente que colapsó requiere que todos los involucrados den la cara; también las instituciones donde se formaron esos profesionales.

Vienen tiempos de acreditación de las universidades y escuelas politécnicas, de carreras de grado y posgrado; debería incluirse entre los criterios de evaluación qué hacen sus egresados y sancionar a las instituciones que graduaron a profesionales corruptos e incompetentes. Porque al no formar profesionales éticos y productivos, también las universidades son parte del problema.

De ahí que debemos preguntarnos ¿quiénes son y dónde se graduaron esos profesionales que contribuyeron a que un puente colapse? Es hora de que todos rindamos cuenta, ¿cuántos fraudes se ejecutan por gente con título y contribuyen a la desgracia del país? Las universidades deben retirar los títulos profesionales a quienes hacen malas prácticas en todas las áreas del conocimiento.

Por toda la desgracia que subsume hoy al país, debemos pedir a los sistemas educativos y a sus usuarios incorporar más rigor académico, más ética y transparencia en la formación de las generaciones. Pero, también requerimos familias que se responsabilicen de que sus hijos estudien y no solo añoren que posean un título. Un título profesional sin sólida formación contribuye a que un puente y el país colapsen. (O)