Frecuentemente le miro el rostro a la ciudad. Hay tanto que ver, evaluar y analizar, más que nada de parte de personas como yo, que tenemos varias etapas de la pobre y querida urbe en la memoria. En estos días, me ha dado por observar la cantidad de establecimientos que ofrecen comida en nuestro puerto.
Vale tomar una calle larga para apreciar cuántos edificios y casas han abierto sus puertas al hecho de preparar comestibles y ofrecerlos. Los más modestos son solamente mesas y sillas de plástico puestas sobre la vereda (deduzco que hay que tramitar un permiso municipal para tal cosa), con identificables miembros de una familia en los diferentes menesteres. Hasta niños fungen de meseros. Debemos aceptar que es el negocio que puede emprenderse con más rapidez y utiliza reducida inversión: cada familia pobre tiene una buena cocinera, que domina la cocina “de diario” y la pone al alcance de los trabajadores que circundan su puesto o fonda. En ellas se encuentran los almuerzos más baratos del medio.
En la medida en que los lugares mejoran en ambiente y menú, van subiendo de categoría y podría pensarse que no solamente atienden a la necesidad de sustentar al cuerpo al mediodía, sino que sus dueños van pensando en que la ingesta de alimentos responde a una serie de ritos sociales que buscan otros efectos más sofisticados. Entonces, sí podemos hablar del placer de comer, de mostrar la gastronomía de un pueblo como sello de identidad, de elegir restaurantes según su especialidad, del gusto de invitar a esos momentos en que alimentarse se vive como una práctica grupal que sazona las más interesantes conversaciones.
Lástima que la inseguridad haya debilitado tanto la proverbial costumbre de sentarse en un local abierto a servirse algún bocadillo y tomar bebidas tradicionales. El yogur de las once de la mañana o el café de las cinco de la tarde fueron patrimonio de décadas hasta que cayeron las primeras víctimas de toda clase de asaltos. Yo, habitante fanática del barrio del Astillero, tengo almacenadas variedad de experiencias consumidoras desde golosinas –los helados Pingüino y Oso Polar– hasta pizzas, de buenos asaderos y salones chinos, de quioscos de sánduches de jamón y de chancho, de pollos a la brasa. No creerá el lector que soy muy aficionada a la comida, todo lo contrario, pero la libertad de elegir al capricho, de vivir las horas del atardecer sobre una vereda y bajo un buen árbol son actos que he perdido para siempre.
Ahora hay que buscar los sitios dentro de los malls porque están resguardados, pero producen la sensación de ser insectos dentro de una cristalera. Dar vueltas por sus pasillos saludando a los conocidos, o consumir en un patio de comida con platos y vasitos de cartón, siempre me ha parecido un hurto a mi condición de ciudadana paseante. Sin aspirar a la costosa condición de viajera del mundo o de miembro de clubes selectos, la vida está reducida, marcada, reservada para pocos.
Alguna vez lamenté por este medio la lenta presencia de las cafeterías. Conducía mi carro buscándolas en los diferentes barrios. También ellas se encapsulan en los centros comerciales. La calle Panamá nos ilusionó sobre la vivencia de la cultura del consumo abierto y libre, pero la última vez que fui la encontré despoblada. ¿Más pérdidas que lamentar? (O)