Netflix acaba de poner en nuestra pantalla al coronel frente al pelotón de fusilamiento recordando la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo; a la niña que comía tierra junto a los huesos de sus padres; y al pueblo que lloró desconsoladamente con hojas amarillas la muerte de su fundador. En poco tiempo, veremos también a la mujer que era tan bella que tuvo que salir volando, al hombre a quien perseguían las mariposas y a los abogados que llegaron a concluir, con métodos perfectamente lógicos, que los trabajadores no eran trabajadores y que una matanza de tres mil personas no era, en realidad, una matanza de tres mil personas.

Cien años de soledad es, según el poeta chileno Pablo Neruda, la mejor novela escrita en castellano desde el Quijote. Para los latinoamericanos y, en especial, para aquellos que vivimos en los pueblos de la Costa, Cien años de soledad es más que una obra maestra. En mi familia, como seguramente ocurre también en la suya, hubo un coronel que luchó al servicio del ejército liberal, al igual que Aureliano Buendía; una señora con vajillas que tienen el escudo de la familia, al igual que Fernanda del Carpio; y un empresario que se hizo millonario gracias a la riqueza de nuestra tierra para terminar dilapidando su fortuna, al igual que Arcadio Segundo. Además, tal como ocurrió en Macondo, aquí también se vivió la guerra entre liberales y conservadores, la llegada de los americanos para la construcción de un ferrocarril y el cultivo del banano, y la masacre de cientos de obreros en manos del Gobierno. Para nosotros es inevitable no vernos en la familia Buendía o en el pueblo de Macondo.

Entre otras cosas, Cien años de soledad plantea el problema de la historia cíclica. Su autor, Gabriel García Márquez, salta en el tiempo –del presente al futuro y del futuro a un pasado en el que se recuerda otro pasado que es anterior– para contar la historia de sus personajes, que son todos miembros de una misma familia a lo largo de siete generaciones. El punto de García Márquez es que, al final, el resultado es la misma soledad. Una y otra vez, los personajes cometen los mismos errores que sus antepasados cometieron y terminan confinados en una soledad que los mata.

Los eventos de los Buendía y Macondo transcurren entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX. Desde entonces, la vida en Latinoamérica ha cambiado significativamente en muchos aspectos: la nuestra ya no es una realidad de liberales y conservadores o de neoimperialismo estadounidense, sino de corrupción estatal y de narcotráfico. Pero, en otros aspectos, la realidad latinoamericana es la misma: intentos de empezar todo de nuevo, esperanzas puestas en caudillos populistas y desconocimiento del Estado de derecho.

El último de los Buendía se dio cuenta de que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la faz de la tierra. Y entonces nos preguntamos si es inevitable que los Aurelianos y los Arcadios se repitan para siempre, y que los habitantes de este país necesariamente tengamos que sufrir 200 años de soledad. (O)