El Día Internacional de la Mujer es recorrer una historia de resistencia cívica, construcción democrática y transformación social. El punto de inflexión se produjo en 1924, cuando Matilde Hidalgo de Procel ejerció el derecho al voto en Loja, convirtiéndose en la primera mujer en sufragar en el Ecuador y en América Latina. Este evento histórico no fue un simple acto individual, sino que representó la ruptura formal de una estructura jurídica excluyente y abrió el camino hacia la ciudadanía plena de las mujeres.
El reconocimiento del sufragio femenino significó más que depositar una papeleta en las urnas, supuso el acceso progresivo a la educación superior, a la función pública y a espacios de decisión política. A lo largo del siglo XX, la participación femenina en el magisterio, la medicina, el derecho y el servicio público consolidó un nuevo rol social, desplazando la visión tradicional que limitaba a la mujer al ámbito doméstico. En el plano político, la Constitución de nuestro país y las distintas reformas electorales posteriores introdujeron principios de igualdad y mecanismos de paridad.
Matilde Hidalgo Navarro, la primera médica del Ecuador, a un siglo de su hazaña
En la actualidad, la presencia de las mujeres en la Asamblea Nacional de nuestro país, en gobiernos locales y en el sector judicial es resultado de décadas de lucha organizada y de movimientos sociales que exigieron equidad real, no simbólica.
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A pesar de los avances que han tenido las mujeres, la igualdad formal aún convive con brechas estructurales en empleo, remuneración y acceso a posiciones de alta dirección. El desarrollo social de la mujer ecuatoriana también se refleja en su protagonismo económico. Miles de mujeres sostienen la economía popular y solidaria, lideran emprendimientos y participan activamente en el sector agrícola, comercial y profesional.
El aporte de las mujeres en Ecuador al producto interno bruto, aunque muchas veces invisibilizado, es determinante para la estabilidad familiar y comunitaria. Además, en contextos de crisis migratoria, pandemia o desempleo la mujer ha sido eje de resiliencia y cohesión social.
No obstante, persisten desafíos ineludibles: violencia de género, inequidades salariales y limitaciones en el acceso a financiamiento y tecnología.
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Debemos recordar que el progreso alcanzado no debe generar complacencia. La verdadera equidad exige políticas públicas sostenidas, educación con enfoque de igualdad y un cambio cultural que elimine patrones discriminatorios arraigados.
La historia de la mujer ecuatoriana es la historia de una conquista constante de derechos. Desde el sufragio hasta la participación en la toma de decisiones nacionales, su trayectoria demuestra que el desarrollo social del país está íntimamente ligado a su empoderamiento.
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Defender la igualdad no es un acto ideológico, sino un imperativo democrático. El Ecuador del futuro dependerá, en gran medida, de garantizar que las mujeres ejerzan plenamente su ciudadanía, sin barreras ni condicionamientos. (O)
Nelson Humberto Salazar Ojeda, escritor, Quito
















