La duda existencial es el caballo de batalla que exige una actualización de nuestro sistema cuando el ritmo cognitivo, ese que nos escolta desde la infancia, comienza a ceder. Gran parte de nuestra cadencia vital se instala, casi por inercia, en el automatismo de los quehaceres diarios, sin que apenas lo percibamos. Sin embargo, con el declive de los años y el umbral de la vejez, este ritmo busca ralentizarse, cediendo espacio a la búsqueda del sentido.
Tras recorrer las reflexiones de los grandes sabios –filósofos, estoicos e iluminados–, nos asalta la sospecha de que la existencia es apenas una realidad, o quizás una ficción, creada por nosotros y para nosotros y nada más. Mientras tanto, giramos y nos desplazamos por el vacío a velocidades de vértigo, suspendidos en una inconsciencia aparente, escoltados por millones de galaxias, estrellas y planetas.
Y, por supuesto, por la basura espacial: ese residuo tangible, ese rastro humano que queda como única prueba de nuestra duda existencial. (O)
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Jesús Sánchez-Ajofrín Reverte, Albacete, España


















