Hay momentos en la vida en los que, simplemente, no estamos preparados para lo que vendrá. Caminamos por el mundo con la certeza de la rutina, creyendo que habrá un mañana, hasta que la realidad nos toma desprevenidos como un balde de agua helada.

Semanas atrás, viví uno de los episodios más difíciles de mi vida. Presenciar la partida de mi hermano me tomó como una puñalada en el corazón. En ese instante, comprendí que el hilo que separa la vida de la muerte no es un muro de piedra, sino un filamento tan fino que apenas se percibe hasta que se corta. Es increíble cómo la fragilidad como seres humanos nos ata a nuestra salud física, mental y psicológica que en muchos casos vivimos inmersos en un modo automático, como si fuéramos hechos de metal, sin darnos cuenta de que somos tan débiles como cualquier otro ser vivo. Nos cuesta comprender el verdadero significado que tenemos en esta tierra que estamos llamados a servir y dar amor a los demás.

Es muy común hablar de la muerte como algo lejano, una estadística o un proceso natural que debe ocurrir cuando llegamos a cierta edad, es decir, “al final”. Sin embargo, cuando te toca presenciar la muerte desde cerca puedes ver claramente cómo ese hilo se tensa y se rompe y te cambia la perspectiva de lo que creías. Es en ese momento cuando la vida se revela como lo que realmente es: un equilibrio asombrosamente frágil.

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Nadie nos enseña a sostener el peso de un vacío repentino. Nadie está preparado para soportar esta situación. No hay manuales para el silencio que queda en la habitación, ni para la velocidad con la que el presente se convierte en memoria.

Si la frontera entre el estar y no estar es tan delgada, ¿cómo deberíamos habitar este lado del hilo? La partida de un ser querido, en especial un hermano, nos obliga a mirar nuestra fragilidad. Nos recuerda que cada palabra no dicha y cada abrazo postergado son riesgos que no debemos correr, ya que podrían ser los últimos. Los invito a que besen, abracen y compartan con sus seres queridos el mayor tiempo que tengan.

Quizás la partida de un ser querido nos deja una enseñanza que probablemente antes no valorábamos, que su partida no haya sido en vano. Claro está que, aunque ya no está presente físicamente entre nosotros, siempre quedará su memoria guardada en nuestros corazones. Como si estuviéramos conectados mediante un delgado hilo que se puede estirar pero no se rompe, y que nos permite seguir conversando con los que ya no están a través de sus enseñanzas y su amor.

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Como reflexión, creo que sería la mayor lección de este drama no entender la muerte, sino valorar la delicadeza de la vida y crear momentos que se convertirán en recuerdos.

La muerte no pide permiso ni ofrece preavisos. Se lleva el aliento, pero nos deja la tarea titánica de reconstruir el sentido de nuestros días. (O)

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Julián Barragán Rovira, magíster en Management Estratégico, Guayaquil