Mientras el mundo se apasionaba por el caso del capitán Powers, derribado en la Unión Soviética, como les conté la semana pasada, en Ecuador se desarrollaba un proceso electoral cuya culminación se produjo hace exactos 60 años mañana martes. Ese día asumió la presidencia por cuarta vez José María Velasco Ibarra. La campaña de 1960, el arrollador triunfo del caudillo y su ascenso al poder son los recuerdos políticos más antiguos que tengo. En casa se discutía de política con pasión moderada, pues mi abuela era velasquista, mientras que mis padres eran partidarios de Galo Plaza Lasso, quien quedó en un lejano segundo lugar. Niños chicos, algunos de mis hermanos se declaraban velasquistas, otros nos proclamábamos placistas en polémicas que tenían mucho de juego.

El expresidente Osvaldo Hurtado, uno de los mejores analistas de la sociedad ecuatoriana, respondiendo a la pregunta estilo Vargas Llosa “¿cuándo se jodió el Ecuador?”, dijo que fue en las elecciones del 5 de junio de 1960, en las que una mayoría casi absoluta de ecuatorianos prefirió el verbo encendido y las posturas pasionales de Velasco Ibarra a la moderación y realismo de Galo Plaza, quien en su presidencia anterior había hecho la que probablemente fue la mejor administración del siglo XX. La presidencia de Velasco Ibarra fue borrascosa, duró poco más de un año y dio paso a una sucesión que no produjo mejores frutos. Terminó así el periodo de estabilidad institucional y crecimiento económico iniciado en 1948, en el que por primera vez tres Gobiernos seguidos se cedieron constitucionalmente el poder y las instituciones republicanas comenzaron tímidamente a prevalecer. Dos décadas necesitamos para retomar la senda constitucional, en la que accidentadamente nos mantuvimos un cuarto de siglo, para caer luego en una vorágine de populismo autoritario y corrupción desenfrenada que nos ha dejado en escombros.

Las comparaciones históricas son peligrosas, porque la diversidad de la actividad humana hace imposible reproducir dos momentos exactos; si se las hace, conviene siempre precisar las diferencias. Entre el Ecuador de hace seis décadas y el de hoy, una importante diferencia es la estatura moral e intelectual de los caudillos, Velasco Ibarra era definitivamente superior. Mas no por eso dejaba de ser lo que era, un líder populista. Por otra parte, las propuestas son distintas, las del velasquismo eran veleidosas e inorgánicas, y así fue su gobierno. Hoy, el populismo se ratifica en las tendencia de las dictaduras socialistas del siglo XXI, con su estela de caos y corrupción, que nos puso al borde del desastre en el que cayeron todos los países que optaron por semejante disparate. Finalmente, en ese entonces la opción contraria era la candidatura de un estadista probado y no disponemos actualmente de un dirigente con esas características. Pero renunciando a los imposibles, creo que entre la asombrosa muchedumbre de candidatos se puede escoger una y quizá dos posibilidades que articulan un proyecto racional, viable y esperanzador. Si somos capaces de escoger adecuadamente, demostraremos que como país algo aprendimos en estos sesenta años. (O)