Finalmente ocurrió lo que debería haber pasado hace mucho. En el 2016 Evo Morales le preguntó a  Bolivia  en un plebiscito si podía continuar sucesivamente en la presidencia. Era una elección clave para los bolivianos y para él, tanto que afirmó que si el resultado era el no “nos deberemos ir del poder todos callados”. Se dio el resultado que no esperaba y en vez de aceptar la decisión de su pueblo, manipuló a la Corte cuya decisión vergonzoza de que nadie podía impedir a nadie ser reelecto presidente porque eso “iba en contra de sus derechos humanos” lo llevó a nuevos comicios. Fueron dos cachetazos en el rostro del pueblo boliviano que este no lo olvidó. Cargó enojo y se desquitó el pasado 20 de octubre, pero de nuevo Morales y sus colaboradores creyeron  que podían volver a cometer un nuevo fraude y darle una nueva puñalada a la democracia alterando los resultados, pero no calculó el enojo de su pueblo que salió a las calles a pedir respeto a los resultados. Tarde fue el reconocimiento del fraude detectado incluso por la OEA que entre la conferencia de prensa del domingo donde convocaba a nuevos comicios y removía a todos los miembros del Tribunal Electoral  y su renuncia a la presidencia no se  habían completado 10 horas. Solo quedaba huir y buscar ser victimizado. Claro, dejó el país en un caos con la renuncia en masa de su entorno que tuvo que forzar una solución al impasse ungiendo presidenta a la vice del Senado.

Un nuevo fiasco para una América Latina cuyos líderes no terminan de superar la hybris que los vuelve prisioneros del poder y los empujan al abismo. Si Morales hubiera escuchado al plebiscito, respetado el mandato y dejado que sea otro el candidato, no estaría hoy lamentando desde México el duro castigo del exilio. El más doloroso que pueda tener un hombre público en su vida republicana. El mismo al forzó a cientos durante sus casi 14 años de mandato y que cuando se le quejaban los exiliados afirmaba: “quien se esconde o escapa es un delincuente confeso. NO (la mayúscula está en su tuit) es un perseguido político” . Cruel ironía de alguien que huyó de las responsabilidades del mandato al que llegó después de una manifestación en contra de su actual opositor Carlos Mesa, quien disfruta ahora de una dulce revancha. Aún peor que todo esto, lo recibe el presidente mexicano, víctima de varios supuestos fraudes electorales sobre los cuales se montó para alcanzar finalmente la presidencia de su país. Las incoherencias y contradicciones abundan en circunstancias como las actuales y reproducen una ópera bufa llena de similares escenas con actores cambiados. El único responsable de todo esto ha sido Evo Morales y su postura de no obedecer el mandato de su pueblo y las limitaciones de las leyes de su país. 

Los que hablan de golpe de Estado afirman que las fuerzas armadas le sugirieron que dejara el cargo y eso finalmente lo forzó a dimitir. La posibilidad de “sugerir” está en la norma que él mismo escribió para sus hombres armados que esta vez no le fueron fieles. En realidad hicieron los cálculos correctos. En la represión del 2005 que lo llevó al poder, solo los comandantes militares y policiales purgaron condenas. El resto se marchó al exilio o padeció lo indecible adentro. Los uniformados aprendieron la lección y no estaban dispuestos a equivocarse dos veces.

Ahora queda rescatar a Bolivia de la anarquía que pueda resultar de su renuncia. Se deben convocar a elecciones lo más pronto posible y normalizar la vida institucional del país, pero por sobre todo aprender a respetar los mandatos constitucionales y la voluntad del soberano. El argumento de Morales de dejar la situación en modo de ingobernabilidad o de afirmar de manera tácita que “después de mí... el caos” tiene que ser respondida con más democracia, más institucionalidad y más respeto a la voz del soberano. (O)