¿Son los terroristas una amenaza mayor que las tinas resbaladizas?

El presidente Barack Obama resbaló en agua caliente cuando el The Atlantic informó que él sugiere frecuentemente a su personal que el miedo al terrorismo es exagerado, siendo más probable que los estadounidenses mueran de caídas en tinas, que de ataques terroristas.

El momento fue incómodo, llegando justo antes de los bombazos de Bruselas, pero Obama está aproximadamente correcto en cuanto a sus hechos: 464 personas ahogadas en EE. UU. en tinas, a veces después de caídas, en 2013, en tanto 17 fueron muertas aquí por terroristas en 2014 (los años más recientes para los que pude obtener cifras). Por supuesto, ese no es un argumento para relajar la vigilancia, ya que en algún punto los terroristas se graduarán de explosivos y pasarán a armas químicas o bacteriológicas que pudieran ser mucho más devastadoras que incluso el 11 de septiembre. Sin embargo, es un argumento en pro de abordar desafíos globales un poco más racionalmente.

El problema elemental es el siguiente: El cerebro humano evolucionó para que nosotros equivoquemos sistemáticamente el cálculo de riesgos y cómo responder a ellos.

Nuestro temor visceral al terrorismo nos ha llevado repetidamente a adoptar políticas que son caras y contraproducentes, como la invasión de Irak. Hemos incrementado a grado tal a la comunidad de inteligencia que hay actualmente siete veces más estadounidenses con autorizaciones de seguridad (4,5 millones) que los que viven en Washington, D. C. En el ínterin, Donald Trump respondió a los ataques de Bruselas con populistas llamados por la tortura o exclusión de musulmanes que, incluso expertos republicanos de seguridad coinciden, son ridículos.

El mismo día de los ataques se divulgó un documento de James E. Hansen y otros expertos del clima, argumentando que las emisiones de carbono están transformando nuestro mundo mucho más rápidamente de lo previsto, en formas que pudieran inundar ciudades costeras y causar tormentas más horrendas que cualquiera en la historia moderna. ¿La respuesta? Un bostezo.

Hansen es un eminente excientífico de la NASA, pero es también un caso aparte en sus pronósticos sobre sincronía, y yo no estoy calificado para juzgar si él está en lo cierto o no. Sin embargo, sin consideración al desacuerdo en torno a la cronología, hay consenso científico en cuanto a que emisiones bajo nuestra tutela estarán transformando nuestro planeta durante los próximos 10.000 años. Como lo expresó un importante análisis en Cambio Climático de la revista Nature: “Las próximas décadas ofrecen una breve ventana de oportunidad para reducir al mínimo cambio climático de gran magnitud y potencialmente catastrófico que se extenderá durante más tiempo que toda la historia de la civilización humana hasta ahora”.

Para decirlo de otra manera, las opciones electorales de este año pudieran moldear litorales dentro de 10.000 años. Tanto Donald Trump como Ted Cruz se han burlado de la idea de que el humano causó el cambio climático, con Trump sugiriendo que es un engaño inventado por China para hacerle daño a la economía estadounidense (ahora dice que el último punto era en broma).

El resultado es que Bruselas sobrevivió a los ataques terroristas de esta semana, pero pudiera no sobrevivir al cambio climático (buena parte de la ciudad está a menos de 30 metros sobre el nivel del mar).

¿Acaso no parece prudente invertir en esfuerzos para evitar no solo a atacantes como el del zapato-bomba, sino también el ahogamiento de los países bajos del mundo?

“Tenemos un sistema político que se empeña rápida y poderosamente en respuesta a terrorismo y riesgos de seguridad”, nota Daniel Esty, experto ambiental de la Facultad de Leyes de Yale, “pero no parece capaz de darle vida a la acción sobre el cambio climático y otros riesgos que son menos visibles y se extienden por el tiempo y por el espacio”.

Todo parece indicar que la razón es –¿cómo digo esto cortésmente?– que evolucionamos en formas que nos terminan dejando irracionales.

Cuando detectamos a una inofensiva culebra rayada, nuestro cerebro se enciende de actividad conforme vamos procesando la “amenaza”. Eso se debe a que conforme cerebros primates fueron evolucionando a lo largo de decenas de millones de años, las serpientes venenosas eran una amenaza para la cual estamos altamente adaptados a encarar, con células especiales en el cerebro que son sumamente susceptibles a imágenes de serpientes.

Para mala fortuna, nuestro cerebro no está bien adaptado a la mayoría de las mayores amenazas que enfrentamos actualmente en el siglo XXI. Si nos advierten que el cambio climático está destruyendo nuestro planeta, tan solo una pequeña parte de nuestra corteza prefrontal (que se preocupa por el futuro) brillará; después, regresaremos a preocuparnos por víboras o su equivalente moderno: terroristas.

Daniel Gilbert, profesor de Psicología en Harvard, dice que el tipo de amenazas con que evolucionamos para enfrentar son aquellas inminentes, más que graduales, particularmente una que transgreda nuestro código moral. Al explicar nuestra falta de inquietud por el calentamiento global, notó: “El cambio climático es causado por la quema de combustibles fósiles, no banderas”.

En pocas palabras, nuestro cerebro ha evolucionado lo suficiente para el Pleistoceno, pero no está bien adaptado para los riesgos que enfrentamos actualmente. Si tan solo el cambio climático causara agudos aumentos en las poblaciones de serpientes, ¡entonces estaríamos abordando el problema desde todos los ángulos!

Sin embargo, incluso si nuestro cerebro a veces nos engaña, también nos corona con la capacidad de reconocer nuestros defectos y rectificar errores. Así que, quizá, podamos ajustarnos para nuestras debilidades en evaluación de riesgo; para que encaremos la posible destrucción de nuestro planeta como si fuera tan ominoso y urgente en cada fragmento como, digamos, una culebra rayada que pasara.(O)

Si nos advierten que el cambio climático está destruyendo nuestro planeta, tan solo una pequeña parte de nuestra corteza prefrontal (que se preocupa por el futuro) brillará; después, regresaremos a preocuparnos por víboras o su equivalente moderno: terroristas.