Aun después de renunciar al trabajo que desempeñó por cinco años en un puerto de Guayaquil, Julián, de 35 años, no está tranquilo. El temor por las represalias que podría sufrir por haberse negado a contaminar con droga un contenedor lo acecha con frecuencia. No tiene paz. Sin embargo, por minutos se llena de valor y, bajo la condición del anonimato, cuenta la experiencia que vivió cuando lo intentaron reclutar las mafias del narcotráfico que operan en los puertos de la ciudad.