El miércoles 11 de marzo, el centro de Guayaquil no despertó con la luz del sol, sino con el estruendo de una lluvia intensa que transformó sus calles en ríos.
Eran apenas las 06:25 y la calle Escobedo, en el centro, ya mostraba las cicatrices del temporal: las alcantarillas rebosaban, incapaces de procesar el volumen de agua. A pesar de esto, la actividad no se detuvo.
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Las personas que recolectan botellas de plástico eran las primeras en caminar revisando los tachos de basura y de a poco algunos motorizados se parqueaban en la intersección de Luque y Boyacá. Ellos protegían su motocicleta con plástico.
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A la par se activaban los cuidadores de vehículos, que aunque algunas calles estaban inundadas, ellos direccionaban a los conductores para parquearse. De alguna manera desafiando el clima para no desaprovechar la jornada.
Uno de los relatos más conmovedores de este amanecer ocurrió a las 06:29 en la avenida 9 de Octubre. En una esquina desolada por la tormenta, una pareja empujaba un pequeño carrito con sus productos; la mujer llevaba a un bebé en la espalda, protegida apenas por un paraguas, mientras algunos canillitas se sumaban al esfuerzo para ayudarles a mover su negocio.
Cartones o cualquier elemento para cubrirse de la lluvia
Cerca de este sitio, otras personas caminaban cubiertas con cartones o fundas negras, avanzando con extrema precaución sobre las baldosas que la lluvia había vuelto resbaladizas.
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Con el paso de los minutos, el centro de Guayaquil empezó a tener un poco más de vida. A las 06:52, en Rumichaca y Luque, un vendedor de pasteles ya tenía sus primeros clientes, que disfrutaban del producto calientito.
La lluvia apenas empezaba a bajar de intensidad y a las 06:54, una farmacia en Rumichaca y Vélez abría su puerta corrediza mientras un pequeño grupo de cuatro hombres y una mujer esperaba el bus.
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En esa intersección pasaban las líneas 137, 125, 85 y 63, que al transitar salpicaban el agua anegada. A veces les caía a los transeúntes, quienes se escondían más a la vereda para evitar ser mojados.
Para las 07:00 el aroma del chocolate caliente y tostadas en la esquina de Boyacá y 9 de Octubre atraía a los primeros comensales, entre ellos un guardia de seguridad que buscaba calor antes de iniciar su turno.
La oferta gastronómica se extendía a García Avilés y Aguirre, donde los sánduches de chancho a un dólar atraían a quienes caminaban por ahí.
Calles transformadas en piscinas
El temporal, en esa mañana, dejó zonas prácticamente intransitables. Por ejemplo, la calle Clemente Ballén se encontraba anegada, lo que provocó que los alrededores del mercado Central se vieran vacíos, sin los comerciantes que habitualmente se instalan en los exteriores para vender frutas, artículos de aseo y medias.
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Pero el punto crítico era la intersección de Vélez y Pedro Moncayo, literalmente era una “piscina” por el nivel del agua acumulada. Los peatones no tenían más opción que atravesar la inundación para avanzar hacia el Malecón.
Ya el contraste social era evidente. A las 07:22, en 9 de Octubre y Lorenzo de Garaicoa, ocho personas en condición de calle aún dormían profundamente, ajenas al movimiento de los negocios de empanadas.
Al mismo tiempo, en otros sectores como Lorenzo de Garaicoa y Aguirre, algunos ciudadanos se dedicaban a barrer y sacar el agua empozada de sus frentes. Una adulta mayor agarró su escoba y no paró hasta dejar limpia la zona.
El centro ya tuvo más vida
A partir de las 07:30, la zona bancaria en la calle Panamá cobró vida con el ingreso de trabajadores a diferentes empresas; además de los funcionarios a las instituciones públicas.
Las panaderías y farmacias en Víctor Manuel Rendón operaban con normalidad. A las 07:55 la iglesia de San Francisco abrió sus puertas, mientras la Metrovía circulaba a su máxima capacidad.
Finalmente, a las 08:30, la lluvia cesó. El sol comenzó a asomarse y, para las 08:47, el centro de Guayaquil recuperaba su fisonomía habitual. Los locales de tecnología en la 9 de Octubre abrieron sus persianas y, aunque fue una mañana húmeda y cansada, retomó su ritmo demostrando una vez más su inquebrantable capacidad de seguir adelante. (I)
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