Un dolor repentino en la parte baja de la espalda marcó el inicio de una larga batalla contra el cáncer. Scarlet tenía 10 años. Era un día de marzo de 2019, cuando sintió por primera vez ese padecimiento.

Un temblor sacudió a Guayaquil y la asustó tanto al punto de dejarla paralizada. “Se quejó de mucho dolor y asumimos que era por el susto, pero luego empeoró”, cuenta su madre, Martha Carlier.

Con el paso de los días, la pequeña perdió la movilidad de sus piernas. “No se levantaba de la cama. Se ponía en posición letal y ahí se quedaba, el dolor no la dejaba”, recuerda Martha de aquellos momentos de incertidumbre que se extendieron por semanas hasta que dieron el diagnóstico que cambió la vida de su familia.

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A los ocho días del primer signo de dolor, los padres llevaron a Scarlet a la emergencia del hospital Francisco de Ycaza Bustamante. Le hicieron radiografías y varios exámenes más que, según el traumatólogo, no revelaban nada fuera de lo normal.

“Nos dijeron que tenía inflamada la parte lumbar baja, le recetaron analgésico y a la casa”, comenta su mamá, quien le ponía compresas frías para aliviar su padecimiento. Por unas horas, el dolor cedía un poco, pero luego -sostiene- “le llegaba con más fuerza”.

Martha pensaba que, talvez, Scarlet se había caído en alguna de sus prácticas de atletismo o de valet. Pero su hija lo negaba y su condición no mejoraba. Algo no estaba bien, se repetía, pero jamás sospechó que podía ser cáncer. Nadie en su familia lo había padecido.

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Pese a su padecimiento, Scarlet se mostró alegre y fuerte durante su tratamiento. Foto: Cortesía de Martha Carlier, mamá de la menor

A los 20 días regresó por emergencia, a la misma casa de salud, y las pruebas nuevamente no revelaban la causa. Día tras día, comenta, le hacían exámenes y la mantenían con terapia de dolor.

Al octavo día de hospitalización, recuerda que recibido un segundo diagnóstico equivocado: “Me dijeron que eran los riñones y que debían operarla, pero el nefrólogo la revisó y lo descartó”. ¿Qué más podía ser?, se preguntaba una y otra vez.

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Tres días más pasaron y finalmente le diagnosticaron: leucemia linfoblástica aguda, el cáncer más frecuente que aqueja a los niños, de acuerdo al jefe del área de Pediatría Oncológica de Solca, Luis Espín. Cada año, según cifras internacional (Globocan), alrededor de mil niños son diagnosticados con cáncer en el país.

Los estudios de Scarlet revelaron que su médula ósea estaba en un 97 % infectada, lo que significaba que su condición era crítica. “Pensé que talvez era algo de su columna... Jamás me imaginé ese diagnóstico, al escucharlo sentí que el mundo se me vino encima, pensé que le quedaban pocos días de vida”, sostiene esta guayaquileña, quien luego de calmar su llanto corrió a abrazar a su pequeña que “se perdía en la cama”.

La delgadez de su cuerpo y la palidez de su piel reflejaban la fragilidad de su salud. Una psicóloga le explicó a Scarlet su diagnóstico con dibujos y juegos, pero no lo asimiló como se esperaba. A los pocos días, Scarlet fue trasladada a Solca Guayaquil y empezó a recibir su tratamiento, las primeras quimioterapias.

Scarlet celebró sus cumpleaños mientras recibía su tratamiento. Foto: Cortesía de Martha Carlier, mamá de la menor

La pequeña, afectada por los estragos fuertes del tratamiento, dejó de hablar. Tras 20 días de permanecer en silencio, Martha volvió a escuchar la dulce voz de su niña: “Me preguntó como iba su enfermedad, preguntó por qué ella y le expliqué que Dios tiene un propósito para ella... Luego, su ánimo mejoró y pidió pintura para colorar”.

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Martha abandonó su trabajo, como empleada de servicio doméstico, para quedarse junto a su hija desde el primer día. Su esposo siguió laborando como chofer en una empresa para sostener los gastos familiares. Mientras sus otros dos hijos quedaron bajo el cuidado de la abuelita.

Eso le permitió a Martha acompañar a Scarlet, la segunda de sus tres hijos, durante esta difícil batalla que se extendió durante cuatro años. En ese lapso, la idea de perder a Scarlet se cruzó por su mente más de una vez. “Es difícil, vi como niños, que están un poco mejor, de un momento se agravan. Me tocó ver, no uno ni dos, niños que fallecían, las mamás gritaban y uno con su hijo ahí, es muy duro”.

Pese a su padecimiento, Scarlet contagiaba su alegría, siempre sonreía y demostraba su valentía a diario. Le gustaba bailar y, cuando recuperó la movilidad de sus piernas, participó en presentaciones de baile junto con su hermana mayor, en actividades que organizaba Solca.

Scarlet participó en presentaciones de baile junto con su hermana mayor, en Solca. Foto: Cortesía de Martha Carlier, mamá de las dos menores que aparecen en la imagen

Aunque también habían días difíciles. Uno de ellos fue cuando su niña, al año y medio de tratamiento, le dijo que “estaba muy cansada y que ya no quería seguir”. Martha, quien procuraba llorar en el baño para que su hija no la viera mal, no pudo contenerse más: “La abracé y lloramos juntas. Le dije ‘no mijita, luego de que hemos luchado año y medio, no, ya falta poco, vamos a estar bien...’ y así fue”.

Scarlet no se rindió y su mamá tampoco se lo permitió. “Es mi súper guerrera, es admirable la fuerza y la valentía de todos los niños que sobrellevan día a día esta enfermedad. No es fácil ni para ellos ni para los que están alrededor, es duro, se sufre, se siente mucho dolor, angustia e impotencia de no poder ayudarla más...”.

La pequeña terminó de tomar la última pastilla de su tratamiento en 2022 y en julio del año pasado tocó la campana que simboliza su curación. “Estoy súper contenta, feliz, porque pude vencer el cáncer, gracias a toda mi familia estoy aquí... “, expresó la ahora adolescente, de 17 años, en la emotiva ceremonia que organizó Solca.

Scarlet junto a su madre, Martha Carlier, el 19 de julio de 2025. Ese día tocó la campana, que simboliza su curación, en Solca. Foto: Cortesía de Martha Carlier

Scarlet, quien hace una semana aprobó el segundo de bachillerato, continúa con controles dos veces años y asiste a sus terapias físicas dos veces por semana.

La movilidad de sus piernas las recuperó al año del tratamiento, pero aún “no puede estar mucho tiempo parada, cargar la maleta del colegio. Debe ir (a rehabilitación) para fortalecer su espalda y piernas”, comenta su mamá, agradecida con Dios por permitirle ver crecer a su hija.

Para Scarlet, el Día Internacional del Cáncer Infantil, que se recordó el último domingo, “se celebra esta lucha incansable que cada niño llevamos”. Aunque, la menor considera que no se debería recordar esta fecha solo un día: “A diario se debe hacer valer, reconocer y festejar la lucha que llevamos todos los niños, porque somos guerreros fuertes y valientes”. (I)