Martín ya no recuerda cuántas veces aplicó a empresas, industrias y concesionarias para conseguir un empleo. Le pedían mínimo tres años de experiencia y él, recién graduado en 2023 como ingeniero en Mecatrónica, no había laborado ni uno. Los meses pasaban y la desesperanza aumentaba.

Al revisar sus posibilidades, este joven guayaquileño decidió postularse en la Armada del Ecuador para el reclutamiento de oficiales especialistas. Su tío fue marino y le llamaba la atención pertenecer a esa institución. Lo intentó por dos ocasiones, sin éxito, en 2024 y 2025.

“Entregué mi carpeta y me dijeron que no era idóneo, sin ninguna explicación. Apelé y me contestaron que no me admitían porque no tenía experiencia, pero cómo voy a tener experiencia si no me dan la oportunidad”, recuerda Martín, hoy de 24 años. Ese rechazo lo ‘golpeó’: “Me sentí desilusionado, me encerré en mi cuarto varios días, no quería comer ni salir”.

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Durante dos años, Martín fue parte de los ninis, catalogados así a aquellos jóvenes de entre 15 y 24 años que por diferentes circunstancias no estudian ni trabajan. En el país, el 18,9 % de los jóvenes perteneció a este grupo en 2024, según los datos más actualizados, de este segmento, publicados por la Organización Internacional del Trabajo.

Los ninis, además, son parte de los más de 230.000 ecuatorianos desempleados y de los casi 5 millones de compatriotas económicamente inactivos que registró el INEC en 2025.

Martín considera que esa etapa la superó hace pocos meses. Tras recuperar el ánimo y con el apoyo económico de sus padres, decidió estudiar inglés durante un semestre en el extranjero. Eligió Dubái, por las facilidades de visa y costos del curso.

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En noviembre pasado empezó esa ‘aventura’ que, asegura, le ha costado “mucho”. Por un lado, detalla, el gasto es ‘fuerte’: además del pago previo por el taller ($ 6.000) y los pasajes ($ 2.000), cada mes requiere unos $ 1.100 para la residencia, movilización y alimentación.

Hace menos de un mes logró conseguir un empleo, como mesero en un restaurante, pero el salario de 3.000 dirhams ($ 816,88) que recibe por seis días de trabajo no le alcanzan para cubrir sus egresos básicos.

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“No quiero ser una carga para mis padres, por eso migré para estudiar y trabajar. Pensé que sería diferente, que los sueldos eran mejores, pero el costo de vida ha sido muy alto. Todo es caro, sobre todo la vivienda”, expresa este joven que paga $ 650 por una habitación compartida con ocho migrantes.

Y aunque sus padres lo siguen ayudando, Martín siente un poco de alivio porque este mes solo necesitará unos $ 300 adicionales: “Trato de ahorrar y eximirse en lo que más puedo para no pedirles a mis padres”.

Por otro lado, sostiene, le ha costado adaptarse a una cultura y gastronomía diferentes. “En Ecuador no comía pollo porque no me agrada. Mi mamá siempre me hacía carne de res o de cerdo, pero aquí no venden chancho y la carne es muy cara. Solo me alcanza para huevo o pollo”, narra este guayaquileño que actualmente cursa el cuarto nivel de inglés.

Su preparación en este idioma culmina en mayo próximo y su vuelo de regreso al país está previsto para octubre. Lo extraña todo: a su familia, a sus mascotas, Brownie y Lupita, la comida y hasta el calor sofocante de Guayaquil. Pero aún no está seguro de si volverá.

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“Me gustaría volver a intentarlo en mi país, buscar trabajo durante un tiempo y, si no encuentro, salir de nuevo para buscar mi futuro”, cuenta Martín, quien desde Dubái revisa opciones de becas para estudiar una maestría en el extranjero.

Sus padres lo apoyan, hablan a diario con él y le dan ánimo para perseguir sus sueños. “Aunque duela no tenerlo cerca, quisiera que encuentre un futuro lejos, porque aquí, lamentablemente, no le dieron la oportunidad. No hay ofertas laborales y la inseguridad les impide a los jóvenes progresar”, expresa su mamá, a quien la nostalgia la embarga cuando ve sus fotos o limpia su habitación. (I)