Por Julián Pérez Correa*
‘¡Qué bonito loro tienes! ‘A ver, di: ¡Hola!... ¡Hola! ¡Hola!’, Estoy casi seguro de que todos hemos escuchado, e incluso dicho, esta frase frente a loros y pericos, esperando la repetición de un “¡Hola!” con un tono entre robótico y rasposo. Sin embargo, esta interacción no es más que un reflejo de la profunda impronta del tráfico de vida silvestre (legal o ilegal) en nuestra sociedad.
La fauna y flora nativas de nuestro lindo Ecuador llaman la atención por sus colores y formas, y no es para menos: el Ecuador es un país megadiverso. Pero debemos recordar algo esencial: la vida silvestre –flora, funga y fauna– no– son mascotas, ni adornos, ni juguetes.
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Por ejemplo, para obtener un loro para la venta ilegal, este es extraído del nido, generalmente antes de completar su desarrollo, junto con todos sus hermanos y hermanas. De ellos, posiblemente solo uno sobreviva, mientras el resto muere durante el traslado o en las pésimas condiciones previas. Por cada loro vendido se pierde toda una descendencia que no podrá cumplir su función en el ecosistema.
El tráfico ilegal no se limita a aves; abarca desde grandes mamíferos, como jaguares, hasta especies diminutas, como colibríes. También incluye flora como cactus, bromelias y orquídeas. Todas estas especies son manejadas de forma inadecuada, lo que compromete su salud y bienestar. Pero el problema no se detiene ahí. Este comercio ilícito afecta toda la red de ecosistemas interconectados, de la cual también los humanos formamos parte.
La captura y tenencia de vida silvestre está tipificada como delito en el Código Orgánico Integral Penal (artículo 247). Pero el crimen no es solo ilegal, también atenta contra la biodiversidad.
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Primero, el número de individuos capturados pone en riesgo poblaciones enteras al perderse individuos reproductores y disminuir la variabilidad genética en la naturaleza. Esto afecta la capacidad de los ecosistemas para funcionar correctamente y, con ello, la provisión de servicios ambientales esenciales como agua limpia, aire puro, alimentos y refugio.
Segundo, el tráfico de especies también puede desencadenar invasiones biológicas, cuando especies exóticas se adaptan a sitios donde no son nativas y causan graves daños. Un ejemplo claro es el caso de la cochinilla en Guayaquil, que, según una de las hipótesis, llegó adherida a una planta traficada.
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La lucha contra el tráfico de vida silvestre no es solo responsabilidad de las autoridades, sino de cada uno de nosotros como sociedad. Al educarnos, denunciar y rechazar la compra de especies silvestres podemos romper esta cadena de destrucción. Cada vida salvada, cada nido protegido, significa una oportunidad para que los ecosistemas mantengan su equilibrio y podamos seguir disfrutando de los servicios ambientales que nos sostienen.
Es hora de que cambiemos nuestro enfoque: un loro no debería ser valorado por su capacidad de decir “hola”, sino por su contribución al equilibrio del ecosistema del que dependemos todos. Solo así podremos garantizar un futuro sostenible. (O)
*Pérez Correa es jefe de Biodiversidad de la Facultad de Ciencias de la Vida de la Espol.