“¡Manden un avión, no son cosas las que están en el mar!” Con esas palabras de desesperación, Lourdes Mero resume la angustia que viven ocho familias en Manabí.
Desde el pasado 20 de enero, ocho pescadores zarparon desde Jaramijó en el barco Fiorella y no se tiene rastro de ellos; solo se habla de una misteriosa columna de humo en el horizonte.
La desaparición mantiene en vilo a varias familias de Manabí. La embarcación perdió comunicación tras varios días en faena. Familiares, abogados y sobrevivientes coinciden en un punto: la búsqueda no puede detenerse.
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El último contacto en altamar
Según el abogado Juan Álvaro Cevallos, representante legal de los familiares, el barco salió el 13 de enero. El último contacto se registró el 20 de enero y, desde el día siguiente, no volvió a responder llamadas ni señales de radio. “A partir de ese momento se activaron búsquedas con embarcaciones que se encontraban cerca del área”, señaló.
Cevallos aclaró que él también representa a la armadora de la embarcación y rechazó versiones que apuntan a una supuesta inacción inicial.
Indicó que, apenas se confirmó la pérdida de comunicación, se intentó localizar el barco con medios disponibles en la zona y se notificó a las autoridades marítimas.
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Durante esos intentos se conoció que dos tripulantes lograron regresar a tierra en una lancha auxiliar. Ambos relataron que, al inicio de la faena, el barco principal tomó rumbo al norte, mientras que la lancha en la que ellos se encontraban se desplazó hacia el sur. Antes de separarse, acordaron un punto específico de encuentro.
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Ese encuentro nunca ocurrió. Los pescadores esperaron en el lugar acordado y cerca del espinel, pero el barco no regresó. Intentaron comunicarse por radio, sin obtener respuesta. Otra embarcación que también se encontraba en faena trató de contactarlos, con el mismo resultado.
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Los sobrevivientes contaron además que, durante la jornada, observaron una columna de humo a unas 15 millas, pero no la asociaron a una emergencia. “En altamar es común ver humo de barcos grandes”, relataron. Continuaron con sus labores hasta que confirmaron que el barco no llegaría.
La falta de combustible les impidió prolongar la búsqueda. Decidieron entonces regresar hacia la costa. En el trayecto fueron auxiliados por otra embarcación, que los trasladó primero mar adentro y luego hasta el puerto de Manta, donde dieron aviso de lo ocurrido y entregaron la ubicación aproximada donde quedaron esperando.
“No sabemos si están vivos o muertos”
Mientras tanto, en tierra, la incertidumbre crecía. Lourdes Mero, familiar de dos de los desaparecidos, expresó su desesperación entre lágrimas. “Tengo a mi esposo y a mi hijo ahí afuera. No sabemos si están vivos o muertos”, dijo. Su último contacto con ellos fue el día en que salieron a pescar. Desde entonces, no volvió a recibir llamadas.
Lourdes pidió que la búsqueda no se limite a embarcaciones. “Yo les ruego que manden un avión. No son cosas las que están botadas en el mar, son personas”, reclamó. Su pedido se repite entre otras familias que se concentraron en la Fiscalía de Manta para presentar denuncias formales.
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Identidad de los pescadores desaparecidos
Otra familiar, María Mero, aseguró que han pasado ya cerca de diez días sin noticias claras. Confirmó los nombres de dos de los desaparecidos: Gabriel Aladino Mero Delgado y Jefferson Ariel Mero Cueva, este último de 25 años. “No sabemos qué pasó en ese barco. Nadie nos dice nada”, afirmó.
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El abogado Cevallos explicó que, una vez que los familiares entregaron los nombres y datos de los tripulantes, la Fiscalía los registró formalmente como personas desaparecidas. Indicó que inicialmente no se contaba con la identidad completa de todos los ocupantes del barco.
Sobre la ubicación exacta de la desaparición, señaló que la posición fue entregada a la Capitanía del Puerto, pero que los detalles técnicos corresponden a esa autoridad. “En lo jurídico podemos hablar de escalas y competencias, pero la información precisa la manejan ellos”, dijo.
Las familias insisten en que la búsqueda debe ampliarse y mantenerse activa. “Cada día que pasa es una angustia más”, repiten. (I)























