Podría contar muchas anécdotas sobre experiencias de servicio que he recibido, y, más allá de los procesos, protocolos y habilidades, hay algo que realmente influye en el recuerdo de la experiencia: la actitud de quien ejecuta.
Me he encontrado con excelentes experiencias en funciones que podrían resultar limitadas en la interacción, como en el caso de la amabilidad de una cajera en el supermercado o la gracia del expendedor de combustible que se trabó con mi apellido generando una jocosa situación. Lo que resalta en la interacción es aquella calidez con la que la persona ejecuta esa labor. Por eso, cuando me encontré con un funcionario que decidió dejar de atender para demostrar su poder, me pregunté: ¿qué ocurre en el interior de un individuo que comete la barbarie de creerse un ser superior porque deja de servir?
En la vida, las oportunidades para servir aparecen con una sorprendente naturalidad. La paternidad, por ejemplo, nos recuerda que el servicio no es un gesto ocasional, sino una práctica constante por estar presentes, escuchar, acompañar y renunciar a la comodidad.
En el liderazgo ocurre algo similar. Quien lidera desde el servicio entiende que su rol no se basa en el poder que otorga la jerarquía, sino en multiplicar las capacidades de su equipo. Y cuando cuidamos a nuestros padres, la vida nos invita a cerrar un círculo: devolver con ternura aquello que alguna vez recibimos con abundancia.
Finalmente, recordemos que el servicio tiene un factor importante de contagio, tal como lo declaraba la santa madre Teresa de Calcuta: “Que nadie se acerque jamás a ti sin que al irse se sienta un poquito mejor y más feliz”. Tal vez si decidimos practicar más el servicio, entenderíamos a esta sencilla pero potente actitud que conecta y vuelve más plenamente humano a quien lo entrega. (O)













