“¿Vas a escribir sobre el Clásico del Astillero?”, me pregunta mi amigo Jorge Miranda, poeta y loco al que solo le faltó ser músico. ¿Cuál clásico?, le respondo. Y le digo que me equivoqué al calificarlo como una fiesta de nuestro fútbol en mi columna del domingo pasado. Tenía la esperanza de que volvieran los tiempos del viejo estadio Capwell y del Modelo, cuando Barcelona y Emelec llenaban de alegría al público que abarrotaba las graderías.