El fútbol ocupa un sitial importante en la vida argentina, quizá demasiado. Es transversal a toda la sociedad. Va desde el obrero al profesor universitario. Es una iglesia sin ateos. A veces cuesta explicarlo para quien no lo ha vivido. Si un candidato a presidente de la Nación confesara que no es hincha de ningún club, no tendría una mínima opción de triunfo. No se concibe. No es normal. Así como el caballo come pasto, con el mismo afán nosotros tragamos fútbol. Es un alimento espiritual, un entretenimiento nacional y un compendio de códigos, comportamientos y lealtades. Se empieza como hincha; luego, ya más grande, uno se hace socio y es hasta que la muerte nos separe. El genial Roberto Fontanarrosa decía que la pasión por el fútbol “es como el matrimonio y las enfermedades, se contrae”. Y, dado que a los argentinos nos apasiona mucho más nuestro club que la selección, el mismo Negro sostenía: “Central es como mi vieja; la selección es como mi tía”.